sábado, 30 de junio de 2012

ADOLESCENCIA




En el balcón, un instante
nos quedamos los dos solos.
Desde la dulce mañana
de aquel día, éramos novios. 

El paisaje soñoliento
dormía sus vagos tonos,
bajo el cielo gris y rosa
del crepúsculo de otoño.— 

Le dije que iba a besarla;
bajó, serena, los ojos
y me ofreció sus mejillas,
como quien pierde un tesoro. 

Caían las hojas muertas,
en el jardín silencioso,
y en el aire erraba aún
un perfume de heliotropos.—

No se atrevía a mirarme;
le dije que éramos novios,
...y las lágrimas rodaron
de sus ojos melancólicos.


Juan Ramón Jiménez

viernes, 29 de junio de 2012

DONDE NO HABITE EL OLVIDO



DONDE NO HABITE EL OLVIDO
A Luis Cernuda, in memoriam

Allá donde no habite el olvido
evocaré tus pasos
tu vida renovada en la de tantos poetas.

Sigo el hilo del tiempo suspendido
en un jardín insólito, en un sol
resplandeciente sobre los amados
cuerpos adolescentes.

El amor es un himno,
un cauce que discurre por paisajes insomnes
y bendice en el sexo su sola religión.

Allá, allá lejos nos espera
un presente de cumbres, una infancia
trazada en orbe puro,
libertad esplendente de mujeres y hombres,
muy cerca de este mundo, en este mismo instante.

Allá el deseo existe
y el alma reconstruye sus jirones
como cuerpo hermosísimo,
bendito adolescente, hundido en su luz rubia
sobre un mar donde el sol nos ama inmensamente.

Tu pecho como escudo no pudieron quebrar,
nuestras voces dispersan las cenizas
de tu antiguo tormento y otorgan un amante
perpetuo a tu perfil.

Allá esplende la vida.
Allá la soledad aniquilada.
Allá donde no habite el olvido.


José María Herránz

jueves, 28 de junio de 2012

COMO LA ROSA: NUNCA (JOSE HIERRO)


  
Como la rosa: nunca 
te empañe un pensamiento. 
No es para ti la vida
 
que te nace de dentro.
 

Hermosura que tenga
 
su ayer en su momento.
 
Que en sólo tu apariencia
 
se guarde tu secreto.
 

Pasados no te brinden
 
su inquietante misterio.
 

Recuerdos no te nublen
 
el cristal de tus sueños.

Cómo puede ser bella 
flor que tiene recuerdos.


José Hierro

miércoles, 27 de junio de 2012

CANCION DE CUNA PARA DORMIR A UN PRESO (JOSE HIERRO)


La gaviota sobre el pinar. 
(La mar resuena.) 
Se acerca el sueño. Dormirás,
 
soñarás, aunque no lo quieras.
 
La gaviota sobre el pinar
 
goteado todo de estrellas.
Duerme. Ya tienes en tus manos 
el azul de la noche inmensa.
 
No hay más que sombra. Arriba, luna.
 
Peter Pan por las alamedas.
 
Sobre ciervos de lomo verde
 
la niña ciega.
 
Ya tú eres hombre, ya te duermes,
 
mi amigo, ea...
Duerme, mi amigo. Vuela un cuervo 
sobre la luna, y la degüella.
 
La mar está cerca de ti,
 
muerde tus piernas.
 
No es verdad que tú seas hombre;
 
eres un niño que no sueña.
 
No es verdad que tú hayas sufrido:
 
son cuentos tristes que te cuentan.
 
Duerme. La sombra toda es tuya,
 
mi amigo, ea...
Eres un niño que está serio. 
Perdió la risa y no la encuentra.
 
Será que habrá caído al mar,
 
la habrá comido una ballena.
 
Duerme, mi amigo, que te acunen
 
campanillas y panderetas,
 
flautas de caña de son vago
 
amanecidas en la niebla.
No es verdad que te pese el alma. 
El alma es aire y humo y seda.
 
La noche es vasta. Tiene espacios
 
para volar por donde quieras,
 
para llegar al alba y ver
 
las aguas frías que despiertan,
 
las rocas grises, como el casco
 
que tú llevabas a la guerra.
 
La noche es amplia, duerme, amigo,
 
mi amigo, ea...
La noche es bella, está desnuda, 
no tiene límites ni rejas.
 
No es verdad que tú hayas sufrido,
 
son cuentos tristes que te cuentan.
 
Tú eres un niño que está triste,
 
eres un niño que no sueña.
 
Y la gaviota está esperando
 
para venir cuando te duermas.
 
Duerme, ya tienes en tus manos
 
el azul de la noche inmensa.
 
Duerme, mi amigo...
 
                                      Ya se duerme
 
mi amigo, ea...


José Hierro

martes, 26 de junio de 2012

CABALLERO DE OTOÑO (JOSE HIERRO)


  CABALLERO DE OTOÑO
Viene, se sienta entre nosotros, 
y nadie sabe quién será,
 
ni por qué cuando dice nubes
 
nos llenamos de eternidad.
Nos habla con palabras graves 
y se desprenden al hablar
 
de su cabeza secas hojas
 
que en el viento vienen y van.
Jugamos con su barba fría. 
Nos deja frutos. Torna a andar
 
con pasos lentos y seguros
 
como si no tuviera edad.
Él se despide. ¡Adiós! Nosotros 
sentimos ganas de llorar.

José Hierro

lunes, 25 de junio de 2012

A UN RUISEÑOR (GABRIEL BOCANGEL Y UNZETA)


Abril volante, viva primavera, 
tan viva, que engañado en tus colores,
te dio el tiempo el castigo de las flores,
que el invierno a su vida parca es fiera.

No moriste, volaste a más esfera,
pues Filis hoy te anima con dolores;
bien es que muera quien cantaba amores,
yo sé quien calla, aunque de amores muera.

Tu muerte procuraste, para verte
compadecido de quien vive ajena
de dolerse de un vivo enamorado.

¡Oh infeliz en la vida, y en la muerte!
vivo, no la causaste amante pena,
muerto, no te aprovecha su cuidado.



Gabriel Bocángel y Unzeta

domingo, 24 de junio de 2012

EL POETA QUIERE HABLAR DEL HOMBRE (FRANCISCO DOMENE)


Hablo del hombre. Me atribuyo su voz, como si el hombre
hubiera enmudecido, como si su laringe fuera un órgano
inútil, como si de sus labios sólo pudieran brotar besos
o eructos.
Hablo del hombre. Finjo que lo conozco.
Imito su tristeza o su alegría. Voy a los sitios que frecuenta
-la plaza del mercado, la oficina
de patentes, los muelles, la ribera del río
la uve azucarada y ácima de unos muslos,
un taller de modista, un bar que huele a muchas
[horas lentas y -pregunto
por él, por mí,
y nadie me responde, nadie hace caso. Nadie se
[vuelve al escuchar mi voz.
A nadie importa que mi voz -doy fe, lo juro, lo repito-
[sea la voz del hombre.
Hablo del hombre. Lanzo sus descripción en los periódicos,
me oculto en las esquinas a ver si pasa, presto atención
[a los noticiarios
por si hablaran de él,
busco cualquier indicio -huellas de uso, signos, ecos,
[latidos, miedo, esperanza-,
marco números de teléfono,
distribuyo pasquines con su imagen;
pero nadie responde,
como si todo el mundo hubiera enmudecido, como si
[nadie comprendiera nada,
como si al otro lado del poema y a este lado del poema
no hubiera nada.

Francisco Domene

sábado, 23 de junio de 2012

AZTECAL VIII (FRANCISCO AZUELA)



En este poema de muertos
se te murió tu padre,
se murieron tu abuelo y tu siembra
y se acabó la tarde en una mirada.

En este poema de muertos
se murió el amor de tus antiguos,
se murieron tus pájaros
y se calló la estrella de tu frente
como un puñado de rosas enfermas.

En este poema de muertos
se te murió la vida,
y por segunda vez se te murió la patria
cuando tú te quedaste mirando
como un arco iris sin color.

En este poema de muertos
se te partió la sangre en dos ríos azules,
y un esqueleto de sombras
en tus ojos de nieve
busca a pesar de todo, la libertad de tu pueblo.




Francisco Azuela

viernes, 22 de junio de 2012

RIMA LXVI (GUSTAVO ADOLFO BECQUER)



¿De dónde vengo?... El más horrible y áspero 
de los senderos busca; 
las huellas de unos pies ensangrentados
 
sobre la roca dura;
 
los despojos de un alma hecha jirones
 
en las zarzas agudas,
 
te dirán el camino
 
que conduce a mi cuna.
¿Adónde voy? El más sombrío y triste 
de los páramos cruza,
 
valle de eternas nieves y de eternas
 
melancólicas brumas;
 
en donde esté una piedra solitaria
 
sin inscripción alguna,
 
donde habite el olvido,
 
allí estará mi tumba.


Gustavo Adolfo Becquer

jueves, 21 de junio de 2012

EL CASTAÑO (AURELIANO CAÑADAS)



.
Algo
de la serenidad
de los instantes últimos
desciende sobre mí como la sombra
del castaño, me abraza
como si me abrazaras, me libera
de toda inquietud.

Es apenas relámpago
interior silencioso,
una mano enguantada
en ese terciopelo del olvido
que, sabia, me conduce al no lugar
donde ya nada importa:
ni urgencia de la luz
del alba
ni inexorable
anochecer
ni cotidiano
cortejo de desdichas o dichas.

Compártelo conmigo.



Aureliano Cañadas

miércoles, 20 de junio de 2012

LAS PALABRAS (AURELIANO CAÑADAS)


Va cayendo el telón, uno a uno se apagan

inexorables focos; la oscuridad invade
los asientos donde hace unos instantes
rientes espectadores aplaudían.

Algunos se resisten a marcharse,
se refugian al fondo de la sala.

Más que oír, adivinas sus voces; más que ver,
el brillo de sus ojos.

Ha caído el telón y estás tan solo.

No te entregues ahora al verdadero llanto
que nadie observará, pues te queda la música
de sus nombres, te quedan las palabras.

Enciéndelas: su fuego de artificio
disipará el amargo sabor de la tiniebla
tal si otra vez volvieras a la vida.

Cuando se apaguen ellas, se habrá apagado el sol.


Aureliano Cañadas

martes, 19 de junio de 2012

LA VOZ A TI DEBIDA (PEDRO SALINAS)


Ayer te besé en los labios. 
Te besé en los labios. Densos,
rojos. Fue un beso tan corto
que duró más que un relámpago,
que un milagro, más.
El tiempo
después de dártelo
no lo quise para nada
ya, para nada
lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él.
Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo
no en tu boca, no, ya no
—¿adónde se me ha escapado?—.
Los pongo
en el beso que te di
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron.
Y dura este beso más
que el silencio, que la luz.
Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.


Pedro Salinas

lunes, 18 de junio de 2012

DAME, DAME LA NOCHE (Antonio Carvajal)


Dame, dame la noche del desnudo
para hundir mi mejilla en ese valle,
para que el corazón no salte, y calle:
hazme entregado, reposado y mudo.

Dame, dame la aurora, rompe el nudo
con que ligué mis rosas a tu talle,
para que el corazón salte y estalle:
hazme violento, bullidor y rudo.

Dame, dame la siesta de tu boca,
dame la tarde de tu piel, tu pelo:
sé lecho, sé volcán, sé desvarío.

Que toda plenitud me sepa a poca,
como a la estrella es poco todo el cielo,
como la mar es poca para el río.



Antonio Carvajal

domingo, 17 de junio de 2012

MI AMOR... ¡POR UNA ROSA! (ALI AL HADED)


MI AMOR... ¡POR UNA ROSA!
Ayer crecía, enhiesto, 
el tallo de una rosa en mi huerto
 
y soñaba, el bohemio,
 
en el ajetreo de un mirlo
 
y en el cantar de una calandria
Ayer crecía, enhiesto, 
el tallo de una rosa en mi huerto
 
y corría el niño divertido
 
por el patio de una casa
Ayer crecía, enhiesto, 
el tallo de una rosa en mi huerto
 
mientras yo besaba a la novia
 
con mis labios encendidos
 
al despuntar el alba
 
ese pimpollo tierno
 
que coronaba la flora
 
de su seno virgo
Ayer crecía, enhiesto, 
el tallo de una rosa en mi huerto
 
pero ayer era otro día  —decía un filósofo
 
adivinando que, tal vez, el hoy
 
se moriría inextricablemente en el mañana
Ayer crecía, enhiesto, 
el tallo de una rosa en mi huerto
 
la luna lo sabía y por eso
 
su sonrisa era de nácar
 
y su aliento a caramelo
 
que eclipsaba al cielo
 
todas las noches desde la terraza
Sin su tallo, sin su fruto, sin su aroma 
¡hoy, amaneció la rosa deshojada
 
por el arbitrio de unos dedos!
 
apagando la sonrisa de una infancia
 
el cantar de una calandria
 
el ajetreo de un mirlo
 
y el sueño de un bohemio...
¡y se marchitó mil huerto! 
y se fue la novia...
 
y la luna fue vista llorando en la terraza
¡Oh, Rosa! ¡Oh, huerto! ¡resucitad os pido! 
que aún deseo besar a la novia
 
con mis labios encendidos
 
al despuntar el alba
 
ese pimpollo tierno
 
que coronaba la flora
 
de su seno virgo.


Ali al Haded

sábado, 16 de junio de 2012

LA VOZ DEL MAR ( ALI AL HADED)


LA VOZ DEL MAR
Arena en el mar 
mar en el desierto...
 
¡qué otro mar que la lágrima!
 
¡qué otra lágrima que la arena!
 
¡cuánto llanto! ¡cuánta soledad!
¿Dónde un espejo, ¡oh mar! 
en esta arena, que como tú,
 
refleje nuestro rostro
 
y nos devuelva intacta
 
esa imagen con la que Dios
 
a su semejanza hombre nos hizo?
La poesía del mar 
en un argot de silicio
 
impregna la tarde del hombre
 
y desde aquí diviso al sol
 
desde esta atalaya desnudo
Hay una multitud de fieras 
agazapadas desde el pleistoceno
 
esperando el deceso del crepúsculo
 
y adivino que están cerca y se aproximan
 
procurando acorralar  las horas
 
en el mítico segundo de un reloj de arena
Arena en el mar 
mar en el desierto...
 
¡cuánta infinitud de sueños
 
y de sal albergas en tu lecho!
 
tus aguas no se rinden
 
ni se rindieron
 
¡tu voz no callará!
Será así desde el comienzo
Tu voz profética 
nos hablará y nos enseñará
 
todos los días de nuestra iniquidad
Mar fileteado por la luna 
en tu ancho pliego anida un cuerpo
 
y en tus ojos una lágrima de sal
¡Hay un beso triste que se posa en el agua 
cuando solloza la luna de Arabia
 
durante las noches de Omán!


Alí Al Haded

viernes, 15 de junio de 2012

DOLOR



Quisiera esta tarde divina de octubre
Pasear por la orilla lejana del mar;

Oue la arena de oro, y las aguas verdes,
Y los cielos puros me vieran pasar.

Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera,
Como una romana, para concordar

Con las grandes olas, y las rocas muertas
Y las anchas playas que ciñen el mar.

Con el paso lento, y los ojos fríos
Y la boca muda, dejarme llevar;

Ver cómo se rompen las olas azules
Contra los granitos y no parpadear

Ver cómo las aves rapaces se comen
Los peces pequeños y no despertar;

Pensar que pudieran las frágiles barcas
Hundirse en las aguas y no suspirar;

Ver que se adelanta, la garganta al aire,
El hombre más bello; no desear amar...

Perder la mirada, distraídamente,
Perderla, y que nunca la vuelva a encontrar;

Y, figura erguida, entre cielo y playa,
Sentirme el olvido perenne del mar.



Alfonsina Storni

jueves, 14 de junio de 2012

DATE A VOLAR



Anda, date a volar, hazte una abeja,
En el jardín florecen amapolas,
Y el néctar fino colma las corolas;
Mañana el alma tuya estará vieja.

Anda, suelta a volar, hazte paloma,
Recorre el bosque y picotea granos,
Come migajas en distintas manos
La pulpa muerde de fragante poma.

Anda, date a volar, sé golondrina,
Busca la playa de los soles de oro,
Gusta la primavera y su tesoro,
La primavera es única y divina.

Mueres de sed: no he de oprimirte tanto...
Anda, camina por el mundo, sabe;
Dispuesta sobre el mar está tu nave:
Date a bogar hacia el mejor encanto.

Corre, camina más, es poco aquéllo...
Aún quedan cosas que tu mano anhela,
Corre, camina, gira, sube y vuela:
Gústalo todo porque todo es bello.

Echa a volar... mi amor no te detiene,
¡Cómo te entiendo, Bien, cómo te entiendo!
Llore mi vida... el corazón se apene...
Date a volar, Amor, yo te comprendo.

Callada el alma... el corazón partido,
Suelto tus alas... ve... pero te espero.
¿Cómo traerás el corazón, viajero?
Tendré piedad de un corazón vencido.

Para que tanta sed bebiendo cures
Hay numerosas sendas para tí...
Pero se hace la noche; no te apures...
Todas traen a mí...

Alfonsina Storni

miércoles, 13 de junio de 2012

CARTA LÍRICA A OTRA MUJER



Vuestro nombre no sé, ni vuestro rostro
Conozco yo, y os imagino blanca,
Débil como los brotes iniciales,
Pequeña, dulce... Ya ni sé... Divina.
En vuestros ojos placidez de lago
Que se abandona al sol y dulcemente
Le absorbe su oro mientras todo calla.
Y vuestras manos, finas, como aqueste
Dolor, el mío, que se alarga, alarga,
Y luego se me muere y se concluye
Así, como lo veis; en algún verso.
Ah, ¿sois así? Decidme si en la boca
Tenéis un rumoroso colmenero.
Si las orejas vuestras son a modo
De pétalos de rosas ahuecados...
Decidme si lloráis, humildemente.
Mirando las estrellas tan lejanas.
Y si en las manos tibias se os aduermen
Palomas blancas y canarios de oro.
Porque todo eso y más, vos sois, sin duda:
Vos, que tenéis el hombre que adoraba
Entre las manos dulces, vos la bella
Que habéis matado, sin saberlo acaso,
Toda esperanza en mí... Vos, su criatura.
Porque él es todo vuestro: cuerpo y alma
Estáis gustando del amor secreto
Que guardé silencioso... Dios lo sabe
Por qué, que yo no alcanzo a penetrarlo.
Os lo confieso que una vez estuvo
Tan cerca de mi brazo, que a extenderlo
Acaso mía aquélla dicha vuestra
Me fuera ahora... ¡sí! acaso mía...
Mas ved, estaba el alma tan gastada
Que el brazo mío no alcanzó a extenderse:
La sed divina, contenida entonces,
Me pulió el alma... ¡Y él ha sido vuestro!
¿Comprendéis bien? Ahora, en vuestros brazos
El se adormece y le decís palabras
Pequeñas y menudas que semejan
Pétalos volanderos y muy blancos.
Acaso un niño rubio vendrá luego
A copiar en los ojos inocentes
Los ojos vuestros y los de él
Unidos en un espejo azul y cristalino...
¡Oh, ceñidle la frente! ¡Era tan amplia!
¡Arrancaban tan firmes los cabellos
A grandes ondas, que a tenerla cerca
No hiciera yo otra cosa que ceñirla!
Luego dejad que en vuestras manos vaguen
Los labios suyos; él me dijo un día
Que nada era tan dulce al alma suya
Como besar las femeninas manos...
Y acaso, alguna vez, yo, la que anduve
Vagando por afuera de la vida,
-Como aquellos filósofos mendigos
Que van a las ventanas señoriales
A mirar sin envidia toda fiesta-
Me allegue humildemente a vuestro lado
Y con palabras quedas, susurrantes,
Os pida vuestras manos un momento,
Para besarlas, yo, como él las besa...
Y al recubrirlas, lenta, lentamente,
Vaya pensando: aquí se aposentaron
¿Cuánto tiempo?, sus labios, ¿cuánto tiempo
En las divinas manos que son suyas?
¡Oh, qué amargo deleite, este deleite
De buscar huellas suyas y seguirlas
Sobre las manos vuestras tan sedosas,
Tan finas, con sus venas tan azules!
Oh, que nada podría, ni ser suya,
Ni dominarle el alma, ni tenerlo
Rendido aquí a mis pies, recompensarme
Este horrible deleite de hacer mío
Un inefable, apasionado rastro.
Y allí en vos misma, sí, pues sois barrera,
Barrera ardiente, viva, que al tocarla
Ya me remueve este cansancio amargo,
Este silencio de alma en que me escudo,
Este dolor mortal en que me abismo,
Esta inmovilidad del sentimiento
¡Que sólo salta, bruscamente, cuando
Nada es posible!



Alfonsina Storni

lunes, 11 de junio de 2012

ALMA DESNUDA



ALMA DESNUDA

Soy un alma desnuda en estos versos,
Alma desnuda que angustiada y sola
Va dejando sus pétalos dispersos.

Alma que puede ser una amapola,
Que puede ser un lirio, una violeta,
Un peñasco, una selva y una ola.

Alma que como el viento vaga inquieta
Y ruge cuando está sobre los mares,
Y duerme dulcemente en una grieta.

Alma que adora sobre sus altares,
Dioses que no se bajan a cegarla;
Alma que no conoce valladares.

Alma que fuera fácil dominarla
Con sólo un corazón que se partiera
Para en su sangre cálida regarla.

Alma que cuando está en la primavera
Dice al inviemo que demora: vuelve,
Caiga tu nieve sobre la pradera.

Alma que cuando nieva se disuelve
En tristezas, clamando por las rosas
Con que la primavera nos envuelve.

Alma que a ratos suelta mariposas
A campo abierto, sin fijar distancia,
Y les dice libad sobre las cosas.

Alma que ha de morir de una fragancia,
De un suspiro, de un verso en que se ruega,
Sin perder, a poderlo, su elegancia.

Alma que nada sabe y todo niega
Y negando lo bueno el bien propicia
Porque es negando como más se entrega,

Alma que suele haber como delicia
Palpar las almas, despreciar la huella,
Y sentir en la mano una caricia.

Alma que siempre disconforme de ella,
Como los vientos vaga, corre y gira;
Alma que sangra y sin cesar delira
Por ser el buque en marcha de la estrella.



Alfonsina Storni

sábado, 9 de junio de 2012

BIOGRAFIA DE ALFONSINA STORNI




La familia Storni -el padre de Alfonsina y varios hermanos mayores- llegó a la provincia de San Juan desde Lugano, Suiza, en 1880. Fundaron una pequeña empresa familiar, y años después, las botellas de cerveza etiquetadas «Cerveza Los Alpes, de Storni y Cía», circulan por toda la región. Los padres de Alfonsina viajaron a Suiza en el año 1891, junto con sus dos pequeños hijos. En 1892, el 29 de mayo, nació en Sala Capriasca Alfonsina, la tercera hija del matrimonio Storni. Llevó el nombre del padre, de un padre melancólico y raro. Más tarde le diría a su amigo Fermín Estrella Gutiérrez: «me llamaron Alfonsina, que quiere decir dispuesta a todo».

Alfonsina aprendió a hablar en italiano, y en 1896 vuelven a San Juan, de donde son sus primeros recuerdos. «Estoy en San Juan, tengo cuatro años; me veo colorada, redonda, chatilla y fea. Sentada en el umbral de mi casa, muevo los labios como leyendo un libro que tengo en la mano y espío con el rabo del ojo el efecto que causo en el transeúnte. Unos primos me avergüenzan gritándome que tengo el libro al revés y corro a llorar detrás de la puerta». En 1901, la familia se trasladó nuevamente, esta vez a la ciudad de Rosario, un próspero puerto del litoral.

Paulina, la madre, abrió una pequeña escuela domiciliaria, y pasa a ser la cabeza de una familia numerosa, pobre y sin timón. Instalaron el «Café Suizo», cerca de la estación de tren, pero el proyecto fracasó. Alfonsina lavaba platos y atendía las mesas, a los diez años. Las mujeres comenzaron a trabajar de costureras. Alfonsina decide emplearse como obrera en una fábrica de gorras. En 1907 llega a Rosario la compañía de Manuel Cordero, un director de teatro que recorría las provincias. Alfonsina reemplaza a una actriz que se enferma. Esto la decide a proponerle a su madre que le permita convertirse en actriz y viajar con la compañía. Recorre Santa Fe, Córdoba, Mendoza, Santiago del Estero y Tucumán. Después dirá que representó Espectros, de Ibsen, La loca de la casa, de Pérez Galdós, y Los muertos, de Florencio Sánchez.

En sus cartas al filólogo español don Julio Cejador Alfonsina resume algunos momentos de su vida. Refiriéndose a esta época, le dirá: «A los trece años estaba en el teatro. Este salto brusco, hijo de una serie de casualidades, tuvo una gran influencia sobre mi actividad sensorial, pues me puso en contacto con las mejores obras del teatro contemporáneo y clásico (…). Pero casi una niña y pareciendo ya una mujer, la vida se me hizo insoportable. Aquel ambiente me ahogaba. Torcí rumbos…». Luego, en un reportaje de la revista El Hogar, contará que al regresar escribió su primera obra de teatro, Un corazón valiente, de la que no han quedado testimonios.

Cuando volvió a Rosario se encuentra con que su madre se ha casado y vive en Bustinza. La poeta decide estudiar la carrera de maestra rural en Coronda, y allí recibe su título profesional. Gana un lugar sobresaliente en la comunidad escolar, consigue un puesto de maestra y se vincula a dos revistas literarias, Mundo Rosarino y Monos y Monadas. Allí aparecen sus poemas durante todo ese año, y si bien no hay testimonio de ellos, sí sabemos de otros publicados al año siguiente en Mundo Argentino, y que tienen resonancias hispánicas.

Poeta en Buenos Aires

Al terminar el año de 1911, decide trasladarse a Buenos Aires. «En su maleta traía pobre y escasa ropa, unos libros de Darío y sus versos». Así, con nostalgia, evoca su hijo Alejandro la llegada. Pobre equipaje para enfrentarse con una ciudad que estaba abierta al mundo, con las expectativas puestas en esa inmigración que traería nuevas manos para producir y nuevas formas de convivencia. El nacimiento de su hijo Alejandro, el 21 de abril de 1912, define en su vida una actitud de mujer que se enfrenta sola a sus decisiones. Trabaja como cajera en la tienda «A la ciudad de México», en Florida y Sarmiento. También en la revista Caras y Caretas.

Su primer libro, La inquietud del rosal, publicado con grandes dificultades económicas, apareció en 1916. En un homenaje al novelista Manuel Gálvez, por primera vez en Buenos Aires, en esta clase de reuniones, aparece Alfonsina recitando con aplomo sus propios versos. En junio de 1916, aparece en Mundo Argentino un poema titulado «Versos otoñales». Aunque los versos son apenas aceptables, sorprende su capacidad de mirarse por dentro, que por entonces no era común en los poetas de su generación.

Al mirar mis mejillas, que ayer estaban rojas
He sentido el otoño; sus achaques de viejo
Me han llenado de miedo; me ha contado el espejo
Que nieva en mis cabellos mientras caen las hojas.

Sus amigos los poetas modernistas

Amado Nervo, el poeta mejicano paladín del modernismo junto con Rubén Darío, publica sus poemas también en Mundo Argentino, y esto da una idea de lo que significaría para ella, una muchacha desconocida, de provincia, el haber llegado hasta aquellas páginas. En 1919 Nervo llega a la Argentina como embajador de su país, y frecuenta las mismas reuniones que Alfonsina. Ella le dedica un ejemplar de La inquietud del rosal, y lo llama en su dedicatoria «poeta divino». Vinculada entonces a lo mejor de la vanguardia novecentista, que empezaba a declinar, en el archivo de la Biblioteca Nacional uruguaya hay cartas al uruguayo José Enrique Rodó, otro de los escritores principales de la época, modernista autor de Ariel y de Los motivos de Proteo, ambos libros pilares de una interpretación de la cultura americana. El uruguayo escribía, como ella, en Caras y Caretas y era, junto con Julio Herrera y Reissig, el jefe indiscutido del nuevo pensamiento en el Uruguay. Ambos contribuyeron a esclarecer los lineamientos intelectuales americanos a principios de siglo, como lo hizo también Manuel Ugarte, cuya amistad le llegó a Alfonsina junto con la de José Ingenieros.

Su voluntad no la abandona, y sigue escribiendo. En mejores condiciones publica El dulce daño, en 1918. El 18 de abril de 1918 se le ofrece una comida en el restaurante Génova, de la calle Paraná y Corrientes, donde se reunía mensualmente el grupo de Nosotros, y en esa oportunidad se celebra la aparición de El dulce daño. Los oradores son Roberto Giusti y José Ingenieros, su gran amigo y protector, a veces su médico. Alfonsina se está reponiendo de la gran tensión nerviosa que la obligó a dejar momentáneamente su trabajo en la escuela, pero su cansancio no le impide disfrutar de la lectura de su «Nocturno», hecha por Giusti, en traducción al italiano de Folco Testena

También en 1918 Alfonsina recibe una medalla de miembro del Comité Argentino Pro Hogar de los Huérfanos Belgas, junto con Alicia Moreau de Justo y Enrique del Valle Iberlucea. Años atrás, cuando empezó la guerra, Alfonsina había aparecido como concurrente a un acto en defensa de Bélgica, con motivo de la invasión alemana. Comienzan sus visitas a la ciudad de Montevideo, donde hasta su muerte frecuentará amigos uruguayos. Juana de Ibarbourou lo contó años después de la muerte de la poetisa argentina: «En 1920 vino Alfonsina por primera vez a Montevideo. Era joven y parecía alegre; por lo menos su conversación era chispeante, a veces muy aguda, a veces también sarcástica. Levantó una ola de admiración y simpatía… Un núcleo de lo más granado de la sociedad y de la gente intelectual la rodeó siguiéndola por todos lados. Alfonsina, en ese momento, pudo sentirse un poco reina».

La amistad de Quiroga, el escritor de la selva

En 1922, Alfonsina ya frecuentaba la casa del pintor Emilio Centurión, de donde surgiría posteriormente el grupo Anaconda. Allí conoció, seguramente, al escritor uruguayo Horacio Quiroga, que había llegado de su refugio en San Ignacio, Misiones, durante el año 1916. Su personalidad debió atraer a Alfonsina. Un hombre marcado por el destino, perseguido por los suicidios de seres queridos, que, además, se había atrevido a exiliarse en Misiones, e intentado allí forjar un paraíso. En 1922, era ya el autor de sus libros más importantes, Cuentos de la selva, Anaconda, El desierto. Vivía modestamente de sus colaboraciones en diarios y revistas y desempeñó un papel protagónico en el intento de profesionalizar la escritura. Alfonsina había publicado sus libros Irremediablemente (1919) y Languidez (1920).

La amistad con Quiroga fue la de dos seres distintos. Cuenta Norah Lange que en una de sus reuniones, adonde iban todos los escritores de la época, jugaron una tarde a las prendas. El juego consistió en que Alfonsina y Horacio besaran al mismo tiempo las caras de un reloj de cadena, sostenido por Horacio. Este, en un rápido ademán, escamoteó el reloj precisamente en el momento en que Alfonsina aproximaba a él sus labios, y todo terminó en un beso. Quiroga la nombra frecuentemente en sus cartas, sobre todo entre los años 1919 y 1922, y su mención la destaca de un grupo donde había no sólo otras mujeres sino también otras escritoras. Sin embargo, cuando Quiroga resuelve irse a Misiones en 1925, Alfonsina no lo acompaña. Quiroga le pide que se vaya con él y ella, indecisa, consulta con su amigo el pintor Benito Quinquela Martín. Aquél, hombre ordenado y sedentario, le dice: «¿Con ese loco? ¡No!».

Un nuevo camino para la poesía

En el año 1923, la revista Nosotros, que lideraba la difusión de la nueva literatura argentina, y con hábil manejo formaba la opinión de los lectores, publicó una encuesta, dirigida a los que constituyen «la nueva generación literaria». La pregunta está formulada sencillamente: «¿Cuáles son los tres o cuatro poetas nuestros, mayores de treinta años, que usted respeta más?».

Alfonsina Storni tenía en ese entonces treinta y un años recién cumplidos, es decir, que apenas bordeaba la cifra exigida para constituirse en «maestro de la nueva generación». Su libro Languidez, de 1920, había merecido el Primer Premio Municipal de Poesía y el Segundo Premio Nacional de Literatura, lo que la colocaba muy por encima de sus pares. Muchas de las respuestas a la encuesta de Nosotros coinciden en uno de los nombres: Alfonsina Storni.

Mil novecientos veinticinco fue el año de la publicación de Ocre, un libro que marca un cambio decisivo en su poesía. Desde hace dos años es profesora de Lectura y declamación en la Escuela Normal de Lenguas Vivas, y su postura como escritora está absolutamente afianzada entre el público y sus iguales. Por aquella época muere José Ingenieros, y esto la deja un poco más sola.

Hasta la casa de la calle Cuba llega una tarde la chilena Gabriela Mistral. El encuentro debió ser importante para la chilena, ya que publicó su relato ese año en El Mercurio. Llamó por teléfono a Alfonsina antes de ir, y le impresionó gratamente su voz, pero le habían dicho que era fea y entonces esperaba una cara que no congeniara con la voz. Por eso cuando la puerta se abre pregunta por Alfonsina, porque la imagen contradice a la advertencia. «Extraordinaria la cabeza, recuerda, pero no por rasgos ingratos, sino por un cabello enteramente plateado, que hace el marco de un rostro de veinticinco años». Insiste: «Cabello más hermoso no he visto, es extraño como lo fuera la luz de la luna a mediodía. Era dorado, y alguna dulzura rubia quedaba todavía en los gajos blancos. El ojo azul, la empinada nariz francesa, muy graciosa, y la piel rosada, le dan alguna cosa infantil que desmiente la conversación sagaz y de mujer madura». La chilena queda impresionada por su sencillez, por su sobriedad, por su escasa manifestación de emotividad, por su profundidad sin trascendentalismos. Y sobretodo por su información, propia de una mujer de gran ciudad, «que ha pasado tocándolo todo e incorporándoselo» (1).

El 20 de marzo de 1927 se estrena su obra de teatro, que despertaba las expectativas del público y de la crítica. El día del estreno asistió el presidente Alvear con su esposa, Regina Pacini. Al día siguiente la crítica se ensañó con la obra, y a los tres días tuvo que bajar de cartel. El diario Crítica tituló «Alfonsina Storni dará al teatro nacional obras interesantes cuando la escena le revele nuevos e importantes secretos». La escritora se sintió muy dolida por su fracaso, y trató de explicarlo atribuyéndole la culpa al director y a los actores.

Años de equilibrio

Alfonsina intervino en la creación de la Sociedad Argentina de Escritores y su participación en el gremialismo literario fue intensa. En 1928 viajó a España en compañía de la actriz Blanca de la Vega, y repitió su viaje en 1931, en compañía de su hijo. Allí conoció a otras mujeres escritoras, y la poeta Concha Méndez le dedica algunos poemas. En 1932, publicó sus Dos farsas pirotécnicas: Cimbelina y Polixene y la cocinerita. Está tranquila, colabora en el diario Crítica y en La Nación; sus clases de teatro son la rutina diaria, y su rostro empieza a cambiar. Las canas cubren su cabeza y le dan un aire diferente.

En 1931, el Intendente Municipal nombró a Alfonsina jurado y es la primera vez que ese nombramiento recae en una mujer. Alfonsina se alegra de que comiencen a ser reconocidas las virtudes que la mujer, esforzadamente, demuestra. «La civilización borra cada vez más las diferencias de sexo, porque levanta a hombre y mujer a seres pensantes y mezcla en aquel ápice lo que parecieran características propias de cada sexo y que no eran más que estados de insuficiencia mental. Como afirmación de esta limpia verdad, la Intendencia de Buenos Aires declara, en su ciudad, noble la condición femenina», afirma Alfonsina en un diario al referirse a su designación.

En la Peña del café Tortoni conoció a Federico García Lorca, durante la permanencia del poeta en Buenos Aires entre octubre de 1933 y febrero de 1934. Le dedicó un poema, «Retrato de García Lorca», publicado luego en Mundo de siete pozos (1934). Allí dice: «Irrumpe un griego /por sus ojos distantes (…). Salta su garganta /hacia afuera /pidiendo /la navaja lunada /aguas filosas (…). Dejad volar la cabeza, /la cabeza sola /herida de hondas marinas /negras…».

El 20 de mayo de 1935 Alfonsina fue operada de un cáncer de mama.

En 1936 se suicida Horacio Quiroga y ella le dedicó un poema de versos conmovedores y que presagian su propio final:

Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
Y así como en tus cuentos, no está mal;
Un rayo a tiempo y se acabó la feria…

Allá dirán.
Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte
Que a las espaldas va.
Bebiste bien, que luego sonreías…
Allá dirán.

El final

El veintiséis de enero de 1938, en Colonia, Uruguay, Alfonsina recibe una invitación importante. El Ministerio de Instrucción Pública ha organizado un acto que reunirá a las tres grandes poetisas americanas del momento, en una reunión sin precedentes: Alfonsina, Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral. La invitación pide «que haga en público la confesión de su forma y manera de crear». Tiene que prepararse en un día y, llena de entusiasmo, escribe su conferencia sobre una valija que ha puesto en las rodillas. Divertida, encuentra un título que le parece muy adecuado: «Entre un par de maletas a medio abrir y las mancillas del reloj».

Hacia mitad de año apareció Mascarilla y trébol y una Antología poética con sus poemas preferidos. Los meses que siguen fueron de incertidumbre y temor por la renuencia de la enfermedad. El 23 de octubre viajó a Mar del Plata y hacia la una de la madrugada del martes veinticinco Alfonsina abandonó su habitación y se dirigió al mar. Esa mañana, dos obreros descubrieron el cadáver en la playa. A la tarde, los diarios titulaban sus ediciones con la noticia: «Ha muerto trágicamente Alfonsina Storni, gran poetisa de América». A su entierro asistieron los escritores y artistas Enrique Larreta, Ricardo Rojas, Enrique Banchs, Arturo Capdevila, Manuel Gálvez, Baldomero Fernández Moreno, Oliverio Girondo, Eduardo Mallea, Alejandro Sirio, Augusto Riganelli, Carlos Obligado, Atilio Chiappori, Horacio Rega Molina, Pedro M. Obligado, Amado Villar, Leopoldo Marechal, Centurión, Pascual de Rogatis, López Buchardo.

El 21 de noviembre de 1938, el Senado de la Nación rindió homenaje a la poeta en las palabras del senador socialista Alfredo Palacios. Este dijo:

«Nuestro progreso material asombra a propios y extraños. Hemos construido urbes inmensas. Centenares de millones de cabezas de ganado pacen en la inmensurable planicie argentina, la más fecunda de la tierra; pero frecuentemente subordinamos los valores del espíritu a los valores utilitarios y no hemos conseguido, con toda nuestra riqueza, crear una atmósfera propicia donde puede prosperar esa planta delicada que es un poeta».

Biodrafia recopilada de la pagina de internec los poetas.com.

Sueko




jueves, 7 de junio de 2012

UN LUGAR LIMPIO Y BIEN ILUMINADO


Era tarde y todos habían salido del café con excepción de un anciano que estaba sentado a la sombra que hacían las hojas del árbol, iluminado por la luz eléctrica. De día la calle estaba polvorienta, pero por la noche el rocío asentaba el polvo y al viejo le gustaba sentarse allí, tarde, porque aunque era sordo y por la noche reinaba la quietud, él notaba la diferencia. Los dos camareros del café notaban que el anciano estaba un poco ebrio; aunque era un buen cliente sabían que si tomaba demasiado se iría sin pagar, de modo que lo vigilaban.
-La semana pasada trató de suicidarse -dijo uno de ellos.
-¿Por qué?
-Estaba desesperado.
-¿Por qué?
-Por nada.
-¿Cómo sabes que era por nada?
-Porque tiene muchísimo dinero.
Estaban sentados uno al lado del otro en una mesa próxima a la pared, cerca de la puerta del café, y miraban hacia la terraza donde las mesas estaban vacías, excepto la del viejo sentado a la sombra de las hojas, que el viento movía ligeramente. Una muchacha y un soldado pasaron por la calle. La luz del farol brilló sobre el número de cobre que llevaba el hombre en el cuello de la chaqueta. La muchacha iba descubierta y caminaba apresuradamente a su lado.
-Los guardias civiles lo recogerán -dijo uno de los camareros.
-¿Y qué importa si consigue lo que busca?
-Sería mejor que se fuera ahora. Los guardias han pasado hace cinco minutos y volverán.
El viejo sentado a la sombra golpeó su platillo con el vaso. El camarero joven se le acercó.
-¿Qué desea?
El viejo lo miró.
-Otro coñac -dijo.
-Se emborrachará usted -dijo el camarero. El viejo lo miró. El camarero se fue.
-Se quedará toda la noche -dijo a su colega-. Tengo sueño y nunca puedo irme a la cama antes de las tres de la mañana. Debería haberse suicidado la semana pasada.

Ernest Hemingway