lunes, 12 de octubre de 2026

A UNA ESTATUA DE PROA (ELEGIA)

Pablo Neruda

EN las arenas de Magallanes te recogimos cansada

navegante, inmóvil

bajo la tempestad que tantas veces tu pecho dulce

y doble

desafió dividiendo en sus pezones.

Te levantamos otra vez sobre los mares del Sur,

pero ahora

fuiste la pasajera de lo oscuro, de los rincones,

igual

al trigo y al metal que custodiaste

en alta mar, envuelta por la noche marina.

Hoy eres mía, diosa que el albatros gigante

rozó con su estatura extendida en el vuelo,

como un manto de música dirigida en la lluvia

por tus ciegos y errantes párpados de madera.

Rosa del mar, abeja más pura que los sueños,

almendrada mujer que desde las raíces

de una encina poblada por los cantos

te hiciste forma, fuerza de follaje con nidos,

boca de tempestades, dulzura delicada

que iría conquistando la luz con sus caderas.

Cuando ángeles y reinas que nacieron contigo

se llenaron de musgo, durmieron destinados

a la inmovilidad con un honor de muertos,

tú subiste a la proa delgada del navío

y ángel y reina y ola, temblor del mundo fuiste.

El estremecimiento de los hombres subía

hasta tu noble túnica con pechos de manzana,

mientras tus labios eran oh dulce! humedecidos

por otros besos dignos de tu boca salvaje.

Bajo la noche extraña tu cintura dejaba

caer el peso puro de la nave en las olas

cortando en la sombría magnitud un camino

de fuego derribado, de miel fosforescente.

El viento abrió en tus rizos su caja tempestuosa,

el desencadenado metal de su gemido,

y en la aurora la luz te recibió temblando

en los puertos, besando tu diadema mojada.

A veces detuviste sobre el mar tu camino

y el barco tembloroso bajó por su costado,

como una gruesa fruta que se desprende y cae,

un marinero muerto que acogieron la espuma

y el movimiento puro del tiempo y del navío.

Y sólo tú entre todos los rostros abrumados

por la amenaza, hundidos en un dolor estéril,

recibiste la sal salpicada en tu máscara,

y tus ojos guardaron las lágrimas saladas.

Más de una pobre vida resbaló por tus brazos

hacia la eternidad de las aguas mortuorias,

y el roce que te dieron los muertos y los vivos

gastó tu corazón de madera marina.

Hoy hemos recogido de la arena tu forma.

Al final, a mis ojos estabas destinada.

Duermes tal vez, dormida, tal vez has muerto,

muerta:

tu movimiento, al fin, ha olvidado el susurro

y el esplendor errante cerró su travesía.

Iras del mar, golpes del cielo han coronado

tu altanera cabeza con grietas y rupturas,

y tu rostro como una caracola reposa

con heridas que marcan tu frente balanceada.

Para mí tu belleza guarda todo el perfume,

todo el ácido errante, toda su noche oscura.

Y en tu empinado pecho de lámpara o de diosa,

torre turgente, inmóvil amor, vive la vida.

Tú navegas conmigo, recogida, hasta el día

en que dejen caer lo que soy en la espuma.  

sábado, 10 de octubre de 2026


POEMA EN FORMA DE MUJER QUE DICEN TEMEROSO, MATUTINO, INUTIL

Camilo José Cela

Ese amor que cada mañana canta

y silba, temeroso, matutino, inútil

(también silba)

bajo las húmedas tejas de los más solitarios corazones

-¡Ave María Purísima!-

y rosas son, o escudos, o pajaritas recién paridas,

te aseguro que escupe, amoroso

(también escupe)

en ese pozo en el que la mirada se sobresalta.

Sabes por donde voy:

tan temeroso

tan tarde ya

(también tan sin objeto).

Y amargas o semiamargas voces que todos oyen

llenos de sentimiento,

no han de ser suficientes para convertirme en ese dichoso,

caracol al que renuncio

(también atentamente).

Un ojo por insignia,

un torpe labio,

y ese pez que navega nuestra sangre.

Los signos de oprobio nacen dulces

(también llenos de luz)

y gentiles.

Eran

-me horroriza decirlo-

muchos los años que volqué en la mar

(también como las venas de tu garganta, teñida de un tímido color).

Eran

-¿por qué me lo preguntas?-

dos las delgadas piernas que devoré.

Quisiera peinar fecundos ríos en la barba

(también acariciarlos)

e inmensas cataratas de lágrimas

sin sosiego,

desearía, lleno de ardor, acunar allí mismo donde nadie se atreve a

levantar la vista.

Un muerto es un concreto

(también se ríe)

pensamiento que hace señas al aire.

La mariposa,

aquella mariposa ruin que se nutría de las más privadas

sensaciones,

vuela y revuela sobre los altos campanarios

(también hollados campanarios)

aún sin saber,

como no sabe nadie,

que ese amor que cada día grita

y gime, temeroso, matutino, inútil

(también gime)

bajo las tibias tejas de los corazones,

es un amor digno de toda lástima.


jueves, 8 de octubre de 2026


EL ALA DEL CUERVO

Ruben Dario

I

¡Ea! apretad esas cinchas

y apercibid los overos;

y que ya tasquen los potros

el bocado de los frenos.

Preparad las jabalinas,

poned traílla a los perros;

sonad las trompas de caza

y azores llevad dispuestos.

¿Ya estáis listos? Pues aprisa,

vamos al bosque siniestro.?

II

Quien tal dice es un altivo,

noble y alto caballero

que, con sus alrededores,

tiene la comarca en feudo.

Es Don Pedro de Almendares,

el infanzón altanero

a quien, por lo valeroso,

ninguno venció en el duelo.

El que ha astillado sus lanzas

en las justas y torneos,

siempre sereno y triunfante,

sin temores ni recelos.

III

Es Violante una doncella

con unos ojos muy negros,

con unos oscuros rizos

que cuando le caen sueltos

por la garganta blanquísima,

por la espalda y por el seno,

fingen en fondo de mármol

mallas finísimas de ébano.

Don Pedro adora a Violante

y Violante ama a Don Pedro;

y ambos gozan en deliquios

de ardorosos embelesos.

IV

Pero Violante, la hermosa,

se enciende en llamas de celos,

sin que nada de sus ansias

pueda aminorar el fuego.

La linda Violante busca

para sus males remedio,

y a un nigromante interroga

contándole sus secretos.

El nigromante medita;

y luego, fruncido el ceño,

busca en yerbas misteriosas

filtros; y ve los luceros;

y en caballísticos signos

quiere hallar el verdadero

modo de que sus retortas

puedan curar aquel pecho.

Por fin, después de lograr

descifrar aquel misterio,

y ya encontrada la clave

del enigma, dijo luego

a Violante: ?Que el que os ama

os traiga el ala de un cuervo;

y con el oscuro copo

del suave plumaje negro,

podréis curar la dolencia,

llevándole junto al pecho.

V

Por eso va en su corcel

el valeroso Don Pedro,

y con sus gentes al bosque,

con jaurías y pertrechos.

Ese es el bosque maldito,

ese es el bosque siniestro,

del que mil supersticiones

andan en boca del pueblo.

Con temor van caminando

ojeadores y monteros,

que a ese bosque nunca llegan

porque les ataja el miedo.

?Don Pedro, el bosque es terrible?.

...Don Pedro se ríe de eso;

que no teme ese hijodalgo

ni a los vivos ni a los muertos.

?Ese bosque está maldito.

?No importa?dice Don Pedro.

Y siguen andando, andando;

y ya están del bosque dentro;

y ya los toques de caza

repiten sonoros cuernos,

y van los genios del aire

desparramando los ecos.

Don Pedro no busca fieras

ni sigue la pista a ciervos,

ni a cerdosos jabalíes;

él busca un nido de cuervos.

VI

Iba la noche empezando;

el día iba oscureciendo;

cuando en un árbol robusto

medio destroncado y seco,

graznó un cuervo enorme echado

en unos grietosos huecos;

sus ojos fosforescentes,

su corvo pico entreabierto.

VII

Don Pedro fuese hacia él

afanoso ya y contento;

puso en comba un arco entonces,

y disparó... cuando el cuervo

como una flecha veloz

voló donde el caballero;

hincó en los hombros robustos

sus largas uñas de acero,

y con picotazos rápidos

le sacó los ojos negros...

Don Pedro dio un hondo grito,

mas mató al pájaro; y luego

le sacaron aterrados

servidores y pecheros

de aquel lugar tenebroso,

de en medio el bosque siniestro.

Fue al castillo de Violante,

con un ala entre sus dedos

del pájaro, y a la hermosa

le dijo: ?Mira, estoy ciego;

por ti he perdido mis ojos

ángel de mis dulces sueños...

Yo llegué al bosque maldito

y me castigó el infierno.

VIII

La niña miróle entonces

y le dijo: ?Buen mancebo,

yo ya no puedo quererte:

primero, porque eres ciego;

y después, porque el de Alcántara,

noble señor extranjero,

pidió a mi padre mi mano

y nos casamos hoy mesmo.

IX

Dio un grito de horror terrible,

y tornado loco el ciego,

en carrera desatada,

fue tropezando y cayendo

por los bosques; y apretando

contra el dolorido pecho,

entre los puños crispados,

la espantosa ala del cuervo.  

martes, 6 de octubre de 2026

 TODAS IBAMOS A SER REINAS

Rosalia de Castro

Todas íbamos a ser reinas,

de cuatro reinos sobre el mar:

Rosalía con Efigenia

y Lucila con Soledad.

En el valle de Elqui, ceñido

de cien montañas o de más,

que como ofrendas o tributos

arden en rojo y azafrán,

Lo decíamos embriagadas,

y lo tuvimos por verdad,

que seríamos todas reinas

y llegaríamos al mar.

Con las trenzas de los siete años,

y batas claras de percal,

persiguiendo tordos huidos

en la sombra del higueral,

De los cuatro reinos, decíamos,

indudables como el Korán,

que por grandes y por cabales

alcanzarían hasta el mar.

Cuatro esposos desposarían,

por el tiempo de desposar,

y eran reyes y cantadores

como David, rey de Judá.

Y de ser grandes nuestros reinos,

ellos tendrían, sin faltar,

mares verdes, mares de algas,

y el ave loca del faisán.

Y de tener todos los frutos,

árbol de leche, árbol del pan,

el guayacán no cortaríamos

ni morderíamos metal.

Todas íbamos a ser reinas,

y de verídico reinar;

pero ninguna ha sido reina

ni en Arauco ni en Copán.

Rosalía besó marino

ya desposado en el mar,

y al besador, en las Guaitecas,

se lo comió la tempestad.

Soledad crió siete hermanos

y su sangre dejó en su pan,

y sus ojos quedaron negros

de no haber visto nunca el mar.

En las viñas de Montegrande,

con su puro seno candeal,

mece los hijos de otras reinas

y los suyos no mecerá.

Efigenia cruzó extranjero

en las rutas, y sin hablar,

le siguió, sin saberle nombre,

porque el hombre parece el mar.

Y Lucila, que hablaba a río,

a montaña y cañaveral,

en las lunas de la locura

recibió reino de verdad.

En las nubes contó diez hijos

y en los salares su reinar,

en los ríos ha visto esposos

y su manto en la tempestad.

Pero en el Valle de Elqui, donde

son cien montañas o son más,

cantan las otras que vinieron

y las que vienen cantarán:

?«En la tierra seremos reinas,

y de verídico reinar,

y siendo grandes nuestros reinos,

llegaremos todas al mar».