lunes, 26 de octubre de 2026

 FARMACIA DE GUARDIA

Carmen Martin Gaite

No es Valium ni Orfidal,

no me ha entendido.

Se trata de la fe. Sí: de la fe.

Comprendo que es muy tarde

y no son horas

de andar telefoneando a una

farmacia

con tales quintaesencias.

Lo que yo necesito

para entrar confiada en el vientre

del sueño

es algún específico protector de

la fe.

¿Que le ponga un ejemplo más

concreto?

Pues no sé... Necesito

creerme que este saco

cerrado por la boca

y en cuya superficie

se aprecia la joroba

de envoltorios estáticos

puede volver a abrirse alguna vez

a provocar deseos y sorpresas

bajo la luz del sol y de la luna,

bajo el fervor clemente

de los dioses del mar.

¡Oh, volver a sentir lo que era

eso!

Y ni siquiera necesito tanto

-ya es menos lo que pido-;

simplemente creerme

que un día lo sentí

intempestivamente

cuando más descuidada andaba

de esperarlo,

y supe con certeza

que sí, que se podía,

que un corazón doméstico

cuando al fin se desboca

es porque está latiendo sin

saberlo

desde otro muy cercano.


Ya. Que no tienen nada.

Pues perdone.

Comprendo que es muy tarde

para hacerle perder a usted el

tiempo

con tales quintaesencias.

Ya me lo figuraba.

Buenas noches. 

sábado, 24 de octubre de 2026

 LAS VIRGENES PRUDENTES

Carlos Martinez Rivas

¿Quién es esa mujer que canta

en la noche? ¿Quién llama a su hermana?

De país en país, esa rapsoda que vuelva en el viento

por encima del mar tenebroso donde culebrea el cielo?


¡Salidle al encuentro!

Ella, la enamorada.

Ella nada más, y su hermana.

¿Ese viento que canta?


Es la voz del amor. La voz del deseo del amor que se alza

en la noche alta.

Sobre la potencia de la ciudad, esa voz que gira.

Esa aria exquisita!


Sólo esa nota vibra en la noche helada.

Esa arpa sola tañendo en la noche vasta.

Ese único silbo penetrante de la pureza.

Sólo esa serenata encantada.


Y el amor de las hermanas!

De las estrellas protegiendo sus llamas

para el Deseado que tarda.

Nada sino eso: el cañaveral de las desposadas

y la sombra alargada del Ladrón que escala.


Canta la noche y las llanuras solitarias

sometidas al hechizo de la luna. Claras,

vacías súbitamente al paso de las hermanas.

Al paso de la bandada blanca de las vírgenes hermanas.


Las que se entregaron al amor.

A quienes no se les concedió sino el amor.


Las Vírgenes Prudentes cuchicheando en la alcoba [estrellada.

Bajando la voz y subiendo la llama.

Cerrándose en medio de su sombra. Desapareciendo detrás

de su lámpara.

Aquí sólo tienes abismo. Aquí sólo hay un punto fijo:

el pábilo quieto ardiendo y el halo frío.


Aquí vas a rasgar el velo.

Aquí vas a inventar el centro.

Aquí vas a tocar el cuerpo

Como toca un ciego el sueño.


Aquí podrás soplar y apagar tu secreto.

Aquí ya podrás quedarte muerto. 

jueves, 22 de octubre de 2026

Toisha V (II)

Camilo José Cela

Ahora, ahora mismo,

En este instante idéntico a niña embarazada,

En este instante mismo en que la sangre se agolpa por mis sienes

En este instante, oh muerta!, en que navajas, tréboles,

O espartos moribundos dan sabor a tu boca,

En que huracanes trémulos, musgos recién nacidos,

O gusanos sin boca son dueños de tus senos,

En que la tierra inmensa te ahoga por la garganta

Por un instante no mayor que un beso,

En que lágrimas huecas o mechones de pelo perfectamente inútiles

No son lo que yo quiero: que es tu presencia misma,

Que es tu carne dorada donde yo me dormía,

Que son tus piernas tibias, tus muslos abarcados,

Tus fecundas caderas donde yo cabalgaba

Como un verano, hasta que te rendías,

Tus fortísimos brazos con que, toda desnuda,

Me levantabas sobre tu cabeza

En este instante en que un dolor inmenso

Es incapaz de hacerme mover un solo dedo,

Yo te prometo, oh dulce esposa mía asesinada,

Oh madrecita sin haber parido, oh muerta,

Colgar tu atroz recuerdo cada noche de un pelo,

Y que desiertos de tinieblas moradas

O amargas noches de insomnio y sobresalto

Sean incapaces de ahogarme como a un niño.  

martes, 20 de octubre de 2026

 Toisha V (I)

Camilo José Cela

Ahora que ya tus ojos son como sal, y fértil

Tu inmensa boca es un volcán difunto.

Ahora que ya los lobos y las piedras,

Tus vestidos pegados cual olvidadas vendas

Y este atroz mineral que extraje de tu pecho,

Son reliquias tan ciertas como antiguos abrazos.

Ahora que tus axilas pueblan de olor el mundo

Donde yo con mi piel de viudo te presiento.

Ahora que tus zapatos, tus sostenes, tu lápiz de labios,

No me dan más que frío al encontrarlos.

Ahora que ya no puedo dormir donde has dormido

Porque mis ojos lloran azufre y yodo ardiendo.

Ahora que ya no puedo ver tu talla desnuda

Porque alambres al rojo se clavan en mi sexo.

Ahora que los domingos, salgo sin rumbo, inmóvil.

Y que tranvías, yeguas, las moradas mujeres ni el consuelo,

Han de torcer mi ruta de novio eternamente.

Ahora que ya conozco lo bastante a los hombres,

Para que no me fíe ni de mi pena misma.

Ahora que los difuntos, en montones austeros,

Son incapaces de hacerme verter lágrimas

Porque mis ojos son de cristal y aluminio.

Ahora que ya me olvido de qué es dormir tranquilo,

E imbéciles amigos pueblan mi soledad de compasiones que no quiero.

Ahora que mis dos manos son totalmente inútiles

Porque en clavos con óxido sólo encuentran tu cuerpo.

Ahora que ya mi boca pudiera cerrarse eternamente,

Porque tus salobres ingles, tus sustanciosos huesos,

Ya ni me pertenecen.

Ahora que ni cuchillos, ni pistolas, ni ojos envenenados,

Me hacen temblar de miedo, porque un solo veneno

Es quien late en mis pulsos.