jueves, 5 de noviembre de 2026


DEDALO DORMIDO

Javier Sologuren

Tejido con las llamas de un desastre irresistible,

atrozmente vuelto hacia la destrucción y la música,

gritando bajo el límite de los golpes oceánicos,

el hueco veloz de los cielos llenándose de sombra.

Ramos de nieve en la espalda, pie de luz en la cabeza,

crecimiento súbito de las cosas que apenas se adivinan,

saciado pecho con la bulla que cabalga en lo invisible.

Perecer con el permiso de una bondad que no se extingue.

Ya no ser sino el minuto vibrante, el traspaso del cielo,

canto de vida rápida, intensa mano de lo nuestro, desnuda.

Hallarse vivo, despierto en el espacio sensible de una oreja,

recibiendo los pesados materiales que la música arroja

desde una altura donde todo gime de una extraña pureza.

Miembros de luz sorda, choques de completísimas estatuas,

lámparas que estallan, escombros primitivos como la muerte.

Vaso de vino pronto a gemir en una tormenta humana,

Con una sofocante alegría que olvida el arreglo de las cosas,

ebrio a distancias diferentes del sonido sin clemencia,

errando reflexivo entre el baile de las puertas abatidas,

aistando una racha salobre en la inminencia de la muerte,

pisando las hierbas del mar, las novedades del corazón,

pulsando una escala infinita, un centro sonoro inacabable.


Modificado por una azarosa, por una incontrolable compañía.

Pisadas en nuestro corazón, puertas en nuestros oídos,

temblor de los cielos de espaldas, árboles crecidos de improviso,

paisajes bañados por una murmurante dulzura, por una sustancia

que se extiende como un vuelo irisado e instantáneo.

Prados gloriosos, estío, perfil trazado por un dedo de fuego,

blanco papel quemado para siempre detrás de los ojos,

valles que asientan su línea bajo el zureo de las palomas,

fuentes de oro que agitan azules unos brazos helados.

Quietud del mar, neutros estallidos de un imperio cruento,

mudas destrucciones, espuma, golpes del espacio abierto.

Sueños que toman cuerpo, coherentes, en una silenciosa tentativa;

mecanismos ordenados en medio de una numerosa vehemencia,

lujo intranquilo del cielo que sella una hora inmune.

Cuerpo que asciende como la estatua de un ardoroso enjambre

buscando muy arriba la inhumana certeza en que se estalla

para quedar inmensamente vacío y delirante como el viento.

Una idea, Dédalo, uan idea que iba a acarrear nuestro futuro

(un sueño como un agua amarga que mana desde la boca del sol),

los planos hechos a perfección, la elocuencia del número,

el ingenioso resorte para suplantar los ojos de la vida,

todo era una inocente flecha en tránsito de lucidez y muerte.

Ciudades perdidas por un golpe de viento, ganadas por un sueño.

Palabras incendiadas por la fricción de un remoto destino,

murallas de un fuego levantado al que no nos resistimos

canto arrancado a la tumultuosa soledad de un pecho humano.

 

martes, 3 de noviembre de 2026


 CIUDAD CERO

Angel Gonzalez

Una revolución.

Luego una guerra.

En aquellos dos años -que eran

la quinta parte de toda mi vida-,

ya había experimentado sensaciones distintas.

Imaginé más tarde

lo que es la lucha en calidad de hombre.

Pero como tal niño,

la guerra, para mí, era tan sólo:

suspensión de las clases escolares,

Isabelita en bragas en el sótano,

cementerios de coches, pisos

abandonados, hambre indefinible,

sangre descubierta

en la tierra o las losas de la calle,

un terror que duraba

lo que el frágil rumor de los cristales

después de la explosión,

y el casi incomprensible

dolor de los adultos,

sus lágrimas, su miedo,

su ira sofocada,

que, por algún resquicio,

entraban en mi alma

para desvanecerse luego, pronto,

ante uno de los muchos

prodigios cotidianos: el hallazgo

de una bala aún caliente,

el incendio

de un edificio próximo,

los restos de un saqueo

-papeles y retratos

en medio de la calle...

Todo pasó,

todo es borroso ahora, todo

menos eso que apenas percibía

en aquel tiempo

y que, años más tarde,

resurgió en mi interior, ya para siempre:

este miedo difuso,

esta ira repentina,

estas imprevisibles

y verdaderas ganas de llorar. 

domingo, 1 de noviembre de 2026

“RECORDANDO A LOS QUE SE FUERON”

theOcm

Hoy, nos reunimos en silencio,

para recordar a quienes amamos,

a quienes partieron antes que nosotros,

pero que nunca han dejado de estar presentes.

Aunque sus voces ya no se oigan,

sus risas aún viven en nuestra memoria,

sus consejos aún guían nuestros pasos,

y su amor… sigue acompañándonos cada día.

Fueron padres, hermanos, familia,

amigos y parte de todo lo que somos.

Su vida dejó huellas que el tiempo no borra,

porque el amor verdadero no termina con la muerte.

Hoy encendemos una vela,

no como símbolo de ausencia,

sino como luz de esperanza,

que une la tierra con el cielo.

Pedimos que su descanso sea paz,

y que su recuerdo siga siendo fuerza.

Que cada lágrima sea semilla de fe,

y cada suspiro, un abrazo al alma.

No están lejos, solo invisibles.

Están aquí, entre nosotros,

en el calor de este momento,

en el latido de cada corazón.

Y mientras el viento sopla suave,

miramos al cielo y decimos con amor:

“Gracias por todo lo que nos dieron.

Los amamos… y los llevamos siempre con nosotros.” 

viernes, 30 de octubre de 2026

ENEMIGO INTIMO

Antonio Gala

Hay tardes en que todo

huele a enebro quemado

y a tierra prometida.

Tardes en que está cerca el mar y se oye

la voz que dice: "Ven".

Pero algo nos retiene todavía

junto a los otros: el amor, el verbo

transitivo, con su pequeña garra

de lobezno o su esperanza apenas.

No ha llegado el momento. La partida

no puede improvisarse, porque sólo

al final de una savia prolongada,

de una pausada sangre,

brota la espiga desde

la simiente enterrada.

En esas largas

tardes en que se toca casi el mar

y su música, un poco

más y nos bastaría

cerrar los ojos para morir. Viene

de abajo la llamada, del lugar

donde se desmorona la apariencia

del fruto y sólo queda su dulzor.

Pero hemos de aguardar

un tiempo aún: más labios, más caricias,

el amor otra vez, la misma, porque

la vida y el amor transcurren juntos

o son quizá una sola

enfermedad mortal.

Hay tardes de domingo en que se sabe

que algo está consumándose entre el cálido

alborozo del mundo,

y en las que recostar sobre la hierba

la cabeza no es más que un tibio ensayo

de la muerte. Y está

bien todo entonces, y se ordena todo,

y una firme alegría nos inunda

de abril seguro. Vuelven

las estrellas el rostro hacia nosotros

para la despedida.

Dispone un hueco exacto

la tierra. Se percibe

el pulso azul del mar. "Esto era aquello".

Con esmero el olvido ha principiado

su menuda tarea...

Y de repente

busca una boca nuestra boca, y unas

manos oprimen nuestras manos y hay

una amorosa voz

que nos dice: "Despierta.

Estoy yo aquí. Levántate". Y vivimos.