miércoles, 22 de julio de 2026


NUBES Y VIENTOS

Adela Zamudio

 

Del sol del verano Los rayos de fuego
calcinan la tierra,
Las horas transcurren y en lenta agonía
se abraza y consume la mustia pradera.

En la árida playa del próximo río
tan sólo hay enjutas y ardientes arenas;
vapores que se alzan de un fétido estanque,
brillando a lo lejos titilan y tiemblan.

En todo el espacio que abarca la vista
ni un alma se mueve, ni un eco resuena.
¡Que paz y que tedio! solemne el paisaje
de un gran cementerio la calma remeda.

De pronto en la línea del ancho horizonte
blanquísima nube surgiendo ligera
se agranda, se extiende, y en pocos instantes
entolda la esfera.

La atmósfera ardiente palpita de gozo
y el leve murmullo de brisa indiscreta
en prados y bosques esparce el anuncio
de próxima fiesta.

La anuncian distantes Los ecos confusos
del viento que vuela;
sutil, diligente, retoza en el prado,
se lanza a la aldea.

Recorre Las calles, tropieza en Los muros,
sacude Las puertas,
y en calles y prados exclama triunfante:
¡Ya vienen! ¡Ya llegan!

Y plantas y flores sacuden el polvo
y al goce se aprestan,
y en tanto, en la nube que entolda el espacio
retumba la orquesta.

Turbión de agua y viento que anubla el paisaje
con loco algazara chillando se acerca
y al soplo pujante se agita confusa
la vasta pradera.

Turbión de agua y viento que arrastra en sus giros
ramajes y flores, guijarros y arenas,
y en pocos instantes, sembrando el desorden,
transforma la escena.

Flexible y gozosa se entrega a su impulso
la inquieta arboleda,
y molles y sauces ensayan la danza
tendida a Los aires la gran cabellera.

Los troncos añosos, el bárbaro empuje
resisten apenas
con secos gruñidos, de bosques y prados
la suerte lamentan:

Pared piedrecillas de la árida playa,
¿sabéis, revoltosas, a dónde se os lleva?
¿queréis ver mañana cubierta de escombros
la hermosa pradera?

Las flores que al borde del fétido estanque
lucieron sencillas su blanca inocencia
¿qué harán si ese fango se agita y rebosa
de miasmas malsanos llenando la senda?

Al ave que el nido colgó de la rama
¿qué suerte le espera?
¿Qué hacéis, insensatos, trastorno y desorden
sembrando doquiera?

Y el viento, aturdido, con risa estridente
responde a sus quejas;
y en tanto en la nube que entolda el espacio
retumba la orquesta.

La danza prosigue. Mil gritos de orgía
se apagan por grados... La noche comienza...
y el campo, cubierto de fango y destrozos,
se envuelve en tinieblas.

¿Qué fue de las aves, qué fue de las flores,
qué fue de la hermosa, fecunda pradera?...
Tras noche de horrores se ve como siempre
surgir la mañana brillante y serena.

Vistiendo ropajes de frescos matices
las ramas se cubren de brotes y yemas,
el campo renace luciendo sus galas,
sus galas eternas.

Tal es ¡oh misterio! la ley de la vida
que todo renueva,
que el viento y la nube son fuerzas que a un tiempo
destruyen y crean.

Mas ¡ay! que esa aurora transcurre cual otras,
la pálida tarde de nuevo se acerca
y exhala en el fango confusos gemidos
el alma doliente de flores ya muertas.

Vosotras que, erguidas, alzáis a los cielos
la frente serena
¿sabéis por ventura lo que es la existencia?


¡Ah! triste el destino que cupo a las flores
Felices las piedras,
felices las rocas que ignoran la vida
que sienten apenas.

También cual vosotras ufanas un día
pasamos las horas forjando quimeras;
mas ahora... ¿qué somos? despojos humildes
que abonan el surco que el germen sustenta.

Brotar de la nada, sentirse inmortales,
soñar unas horas... volver a la tierra...
¡Oh ley misteriosa! continua mudanza,
¿cuál es tu grandeza?

Si el íntimo anhelo, perfume del alma
que sube a la esfera,
no alcanza otra vida; si sólo es engaño,
si sólo es quimera,
¡maldita mil veces! ¡oh madre! ¡oh Natura!

¡maldita mil veces tu vana tarea! 

lunes, 20 de julio de 2026

MAS ALLA DE LA MUERTE

Federico Barreto

Es invierno, y una noche negra, fría y tempestuosa.
En la lúgubre capilla de un asilo monacal,
yace el cuerpo inanimado de una joven religiosa
que, agobiada por la pena se murió como una rosa
arrancada de su tallo por el fiero vendaval.

Blanco traje que realza su magnífica belleza,
simboliza su inocencia, su bondad y su candor;
rosas blancas en capullo le circundaban la cabeza,
y parece aquella virgen que murióse de tristeza,
una novia desmayada en su tálamo de amor...

El silencio que allí reina es tan sólo interrumpido
por el viento que sacude las vidrieras al pasar,
por el viento, y otras veces por el tétrico graznido
de los búhos que allí moran, que han formado allí su nido
y que atisban lo que pasa, por las grietas de un altar.

Cuatro cirios iluminan con fulgores inseguros
el cadáver de aquel ángel de belleza y de virtud,
y las sombras que proyectan esos cirios en los muros
van y vienen en silencio por los ámbitos obscuros
como un coro de fantasmas circundando el ataúd.

Mil rumores misteriosos, mil incógnitos sonidos,
llegan vagos y confusos a la casa del Señor...
Es un lúgubre concierto de sollozos y gemidos,
de susurros y plegarias...de mil ecos doloridos
que acongojan y estremecen, que dan pena y dan horror...

Dan las doce lentamente sobre el viejo campanario,
Y al vibrar en la capilla la hora tétrica y fatal,
sale un monje de albo traje por la puerta del sagrario,
atraviesa a pasos lentos el recinto solitario
y se postra de rodillas ante el lecho funeral.

Se diría que le agobia todo un mundo de tristeza,
que le mata el desconsuelo, que se muere de aflicción...
¿Por qué crispa sus dos manos?...¿Por qué inclina la cabeza?...
¿por qué tiembla? ¿por qué gime? ¿por qué llora? ¿por qué reza?...
¡Hay misterios que estremecen hasta el fondo el corazón!...

De repente se alza el monje del helado y duro suelo,
a la muerta se aproxima y la llama a media voz:
y al ver que ella sigue muda, sigue fría como el hielo,
la acaricia con ternura, la mirada eleva al cielo
y murmura entre los dientes: ¡Que injusto eres, Santo Dios!

Luego clava sus pupilas en la pálida doncella,
la contempla largo tiempo con recóndita piedad
y cogiendo entre sus manos una mano de las de ella,
la aproxima hasta sus labios, con un ósculo la sella,
y habla y gime y llora a gritos como un niño en la orfandad.

'¡Dora, clama, Dora mía!' Te estoy viendo muda y yerta,
y no creo que la muerte haya osado herirte a ti...
¡Muerta tú...! ¿Será posible? ¡No, mil veces...! No estás muerta.
Duermes...Sueñas...Estás viva...¡Por piedad, mi amor, despierta.
No te mueras...No me dejes...¡Vive, y vive para mí!

'Yo era huérfano, yo estaba triste y solo en este suelo:
más Dios quiso que te hallara y no tuve penas ya.
¿Lo oyes Dora? ¡Dios lo quiso! Piedad tuvo de mi duelo
y para ángel de mi guarda te envió un día desde el cielo,
tú no puedes, pues, morirte...¡Dios no quita lo que da!

'Así, envuelta en blancos tules, coronada así de flores
te ofrecí llevarte al templo y jurarte esclavitud...
¡Sueño efímero! Tus padres, por matar nuestros amores,
te encerraron en este antro de recónditos dolores,
y hoy que vengo aquí a buscarte, te hallo aquí en un ataúd.

¡Pobre novia de mis sueños! ¡Pobre tórtola sin nido!
¡Virgen mártir que viviste con el alma rota en dos!
¿Por qué callas si te llamo?¿Por qué no oyes mi gemido?
¿Te cansaste de esperarme y a los cielos has partido?
¡Vuelve, vuelve...te lo ruego...yo te quiero más que Dios!'

Calla el monje, más de pronto, como un loco que se excita,
coge en brazos a aquel ángel que en la vida tanto amó,
y besándole en la boca: 'Vuelve en ti, por Dios, le grita,
toma mi alma en este beso. ¡Resucita! ¡Resucita!
Toma mi alma, toma mi alma...¿Vive tú aunque muera yo!'

Un prodigio se ve entonces: ella agita sus despojos
como herida de repente por el dardo del dolor:
en sus pálidas mejillas aparecen tintes rojos:
quiere hablar; mueve los labios; ya despierta; abre los ojos;
todo alienta... hasta la muerte...a los besos del amor...!

Un aurora clara y bella a la noche ha sucedido:
en el templo que el sol baña y comienza a iluminar,
yace el monje de albo traje, junto al féretro tendido,
y los búhos que allí moran, que han formada allí su nido,
le contemplan con asombro por las grietas del un altar.

Está muerto y se diría que perdura su hondo duelo,
que repite entre los dientes: '¡Qué injusto eres Santo Dios!'
Está muerto. Le mataron el dolor y el desconsuelo.
No halló aquí a su prometida y a buscarla se fue al cielo.

¡Ya están juntos! Una tumba es la tumba de los dos. 

sábado, 18 de julio de 2026


CUARTETO DE POMPEYA

Fabio Morabito

I

Nos desnudamos tanto
hasta perder el sexo
debajo de la cama,

nos desnudamos tanto
que las moscas juraban
que habíamos muerto.

Te desnudé por dentro,
te desquicié tan hondo
que se extravió mi orgasmo.

Nos desnudamos tanto
que olíamos a quemado,
que cien veces la lava
volvió para escondernos.


II

Me hiciste tanto daño
con tu boca, tus dedos,
me hacías saltar tan alto

que yo era tu estandarte
aunque no hubiera viento.
Me desnudaste tanto

que pronuncie mi nombre
y me dolió la lengua,
los años me dolieron.

Nos desnudamos tanto
que los dioses temblaron,
que cien veces mandaron
las lavas a escondernos.


III

Te frotabas tan rápido
los senos que dos veces
caí en sus remolinos,

movías el culo lento,
en alto, para arrearme
a su negra emboscada,

su mediodía perenne.
Abrías tanto su historia,
gritaba su naufragio...

Nos denudamos tanto
que nonos conocíamos,
que los dioses mandaron
la lava a reinventarnos.


IV

Te desmentí de cabo
a rabo devolviéndote
a tus primeros actos,

te escudriñé profundo
hasta escuchar la historia
amarga de tu cuerpo,

pues sólo el amor sabe
cómo llegar tan hondo
sin molestar la sangre.

Esa noche la lava
mudó si paisaje en piedra.
Tú y yo fuimos lo único
que se murió de veras.


_______________________________

En Pompeya, entre otros cuerpos petrificados
por las lavas y cenizas de la erupción del
Vesubio (año 79), se conservan los de un

hombre y una mujer en el acto amoroso. 

jueves, 16 de julio de 2026


LA MUSICA EN LA EDAD DE HIERRO

Alberto Blanco

Éste no es el viento de los sauces
ni el viento de los eucaliptos,
ni siquiera el viento que enciende las velas
y mueve lentamente los molinos.

No es el viento que desplaza las nubes
en el calendario del verano
ni el viento de la aurora
naciendo en las aves.

Hermanos, hermanas
ésta no es la canción del otoño
ni la canción de los amantes
naciendo el amor a la luz de la luna.

Éste no es el ritmo de los cristales de nieve
ni la danza alterna del día y la noche,
ni el pausado ritmo de tu respiración
y es mi respiración... escucha:
Es la voz de las ciudades enfermas sin remedio

-las láminas, los dados, las varillas-.
El ubicuo motor y el desconcierto
de una época que se disipa.

Es el sonsonete trillado que en el Apocalipsis
encuentra un eco de la transformación:
El reino de la velocidad
y los signos cruzados del tiempo.
Es el estrépito insensato de la industria
-las fábricas mil veces explotadas-.
Rastros de herrumbre y gases insidiosos.
Las fábricas, no tú ni yo.

Fragor, fricción y bruma entre la maquinaria
-horrísono chirriar en esta edad vacía,
en este barril sin fondo-. Es el idioma
internacional de la usura.

La nueva lengua universal:
El esperanto de la infamia
-los alambres, los picos, las cadenas-.
La edad de hierro no reconoce otra voz.

Pero no puede prolongarse eternamente la caída
porque el ruido tiene límites... escucha:
Éste no es el viento de los sauces

ni el viento de los eucaliptos...