martes, 24 de febrero de 2026


BALADA

Juan Jose Arreola

El gavilán que suelta en el aire la paloma
y gana las alturas con el estómago vacío;
el barquero que tira por la borda el cargamento
y recobra su línea de flotación;
el bandido que arroja la bolsa en su carrera
y se salva por piernas de la fortuna o de la horca;
el primitivo aeronauta que corta para siempre las amarras de su globo
y saluda y se despide desde la canastilla
agitando su sombrero de copa sobre la muchedumbre pedestre.
Todos me dicen:
mira tu paloma.

                  Ya puedes ser del chivo, del puerco, del caimán y del caballo.

El que abriéndose las venas en la tina del baño
dio por fin rienda suelta a sus rencores;
el que cambió de opinión en la mañana llena de estupor
y en vez de afeitarse hundió la navaja al pie de la jabonadura
(afuera, en el comedor,
le esperaba el desayuno envenenado por la rutina de todos los días);
los que de un modo o de otro se mataron de amor o de rabia,
o los que se fueron por el ábrete sésamo de la locura,
me están mirando
y me dicen con la sonrisa extraviada:
mira tu paloma.

                  Ya puedes ser del chivo, del puerco, del caimán y del caballo.

Mírala desde el vértice del amor propio,
girando en barrena, dándolo todo al diablo,
descendiendo con pocas alas y con mucho bodrio.

Mírala cumpliendo con la intima ley de su gravedad,
cayendo en la piara, enganchándose en los cuernos,
entrando por el hocico empedrado de colmillos,
yaciendo en los lomos calientes y desnudos.

Desplumada ya por las pinches,
espetada en el asador del cocinero indecente;
trufada de anécdotas para el regocijo de los bergantes
y el usufructo de los follones.

                  Ya puedes ser del chivo, del puerco, del caimán y del caballo. 

domingo, 22 de febrero de 2026


CÍRCULOS DE SOLEDAD

Manuel Altolaguirre

Círculos de soledad
dibujados por mi espera.
Girando sobre mis pies,
impaciente, arrastro y doblo
las puntas de mis miradas
sobre lo inútil perpetuo.

Sendero abrirá, llegando
a mi centro permanente;
radio de circunferencia,
minutero de reloj
señalando con sus huellas.

Y quedará en mí, o se irá
marcando nuevo caminos
perpendicular al otro,
en ángulo al de llegada:
gráfico cuarto de hora.

Impaciente espera larga.

Entero horizonte ciñe
la estatua de mi ansiedad:
faro en islote perdido,
monumento a la inquietud

en una plaza redonda. 

viernes, 20 de febrero de 2026


REDONDILLAS.
A LA FÁBULA DE JÚPITER Y EUROPA

Gaspar Aguilar

El que derretido en oro
a Danae pudo engañar,
perdiendo más el decoro,
por las orillas del mar
pace convertido en toro
qu' en fuego de amor deshecho
busca remedio al dolor,
y aunque es Júpiter, se ha hecho
toro, porque es el amor
toro que brama en el pecho.

                        * * *

Llega Europa y enriquece
al mundo con su venida
y en verle no se entristece,
que la deidad escondida
por mil partes resplandece.
Jove le sale al encuentro
y caúsale algún recelo,
mas como el cielo es su centro,
viene encaminada al cielo
que está escondido allí dentro.

                        * * *

No le teme aunque es mujer
por ver su gran gentileza,
que muy grande había de ser,
pues delante la belleza
de Europa se pudo ver,
porque el resplandor tenía
del Tauro que está en los cielos,
y tal formado se había,
que él mismo tenía celos
del toro a quien parecía.

                        * * *

Ella, que menospreciaba
cualquier peligro de muerte,
cuando el toro la buscaba
huía, pero de suerte,
que huyendo más le llamaba.
Al fin, cuando la alcanzó,
corvó la luciente espalda
y el blanco pie le besó,
y ella con una guirnalda
la cabeza le adornó.

                        * * *

Y como le vino a cuenta
ver postrado el bello amante,
sobre su espalda se sienta,
dándole el cargo de Atlante
que a todo el cielo sustenta.
El toro con la doncella
hacia el mar camina luego
por apagar su centella
y encender un vivo fuego
en el pensamiento della.

                        * * *

Ella, viendo el mal visible,
aunque del cielo blasfeme,
teme lo qu' es imposible,
qu' es caer, pero no teme
del dios el furor terrible.
El cual, como se apresura,
llega a la isla de Creta,
donde vuelta esta figura
en su figura perfeta,
gozó de la cojuntura.

miércoles, 18 de febrero de 2026


A ISABEL

Ignacio Manuel Altamirano

Sereno cielo azul, sol esplendente.
Grandes nubes de púrpura y de gualda
Limitando los mares de esmeralda.

Aquí un volcán, cuya altanera frente
Una corona ciñe trasparente
De nieves y de brumas; y a lo lejos,
En continuas y espesas oleadas,
Las sierras de la costa iluminadas
De la luz tropical por los reflejos.

Bosques do quier de ceibas altaneras,
    De arrayanes frondosos,
    De gallardas palmeras
Bañadas por torrentes espumosos,

Y al pie de las parotas seculares,
    Junto a mansos arroyos,
Agrupados los verdes platanares
    Que entoldan con sus hojas
Los naranjos cubiertos de azahares.

Arcos de perfumados floripondios
    Sobre las frescas linfas,
Circundadas de eneldos y de mirtos
    Como baños de ninfas.

Y pájaros, y flores, y céfiros,
    Formando a todas horas
Con sus cantos, aromas y suspiros,
    Un raudal de delicias bienchechoras,
Del alma adolorida arrulladoras.

Este el santuario es donde se elevan
    Tus dorados altares,
Majestuosa beldad de negros ojos
    Y de atrevida frente,
    Ante quien el creyente
Debe culto rendir puesto de hinojos.

Este el santuario es, do en mi camino
Lleno de admiración vine a encontrarme,
Cuando pobre y cansado peregrino
A esta playa feliz quiso arrojarme
La voluntad potente del destino.

    Mi corazón ardiente,
Que lo bello idolatra y lo grandioso.
    Tu mágico poder adora y siente,
    Y con amor inmenso,
    A tus plantas se acerca
También a tributar su humilde incienso.

Recíbelo, Isabel, y una mirada
Pague mi adoración, con una dulce
Sonrisa de tus labios de granada.

Después voy a alejarme, mas llevando
    Tu imagen hechicera
En el sagrario del cariño oculta.

    ¡Ay! ojalá que siga
Un recuerdo siquier de tu alma amiga
    La estela de mi buque,
Y el camino erial, oscuro, incierto,
Que tengo que seguir penosamente
De una vida infeliz en el desierto.

    Y cuando en algún día,
De la aflicción la tempestad sombría
    Ruja dentro del alma,
Para volver a la anhelada calma
    Evocaré tu nombre,
Y tu recuerdo dulce y sonriente
Disipará la nube de desgracia
Que abrume entonces mi tostada frente.













A ISABEL

Ignacio Manuel Altamirano

Sereno cielo azul, sol esplendente.
Grandes nubes de púrpura y de gualda
Limitando los mares de esmeralda.

Aquí un volcán, cuya altanera frente
Una corona ciñe trasparente
De nieves y de brumas; y a lo lejos,
En continuas y espesas oleadas,
Las sierras de la costa iluminadas
De la luz tropical por los reflejos.

Bosques do quier de ceibas altaneras,
    De arrayanes frondosos,
    De gallardas palmeras
Bañadas por torrentes espumosos,

Y al pie de las parotas seculares,
    Junto a mansos arroyos,
Agrupados los verdes platanares
    Que entoldan con sus hojas
Los naranjos cubiertos de azahares.

Arcos de perfumados floripondios
    Sobre las frescas linfas,
Circundadas de eneldos y de mirtos
    Como baños de ninfas.

Y pájaros, y flores, y céfiros,
    Formando a todas horas
Con sus cantos, aromas y suspiros,
    Un raudal de delicias bienchechoras,
Del alma adolorida arrulladoras.

Este el santuario es donde se elevan
    Tus dorados altares,
Majestuosa beldad de negros ojos
    Y de atrevida frente,
    Ante quien el creyente
Debe culto rendir puesto de hinojos.

Este el santuario es, do en mi camino
Lleno de admiración vine a encontrarme,
Cuando pobre y cansado peregrino
A esta playa feliz quiso arrojarme
La voluntad potente del destino.

    Mi corazón ardiente,
Que lo bello idolatra y lo grandioso.
    Tu mágico poder adora y siente,
    Y con amor inmenso,
    A tus plantas se acerca
También a tributar su humilde incienso.

Recíbelo, Isabel, y una mirada
Pague mi adoración, con una dulce
Sonrisa de tus labios de granada.

Después voy a alejarme, mas llevando
    Tu imagen hechicera
En el sagrario del cariño oculta.

    ¡Ay! ojalá que siga
Un recuerdo siquier de tu alma amiga
    La estela de mi buque,
Y el camino erial, oscuro, incierto,
Que tengo que seguir penosamente
De una vida infeliz en el desierto.

    Y cuando en algún día,
De la aflicción la tempestad sombría
    Ruja dentro del alma,
Para volver a la anhelada calma
    Evocaré tu nombre,
Y tu recuerdo dulce y sonriente
Disipará la nube de desgracia

Que abrume entonces mi tostada frente.