sábado, 18 de julio de 2026


CUARTETO DE POMPEYA

Fabio Morabito

I

Nos desnudamos tanto
hasta perder el sexo
debajo de la cama,

nos desnudamos tanto
que las moscas juraban
que habíamos muerto.

Te desnudé por dentro,
te desquicié tan hondo
que se extravió mi orgasmo.

Nos desnudamos tanto
que olíamos a quemado,
que cien veces la lava
volvió para escondernos.


II

Me hiciste tanto daño
con tu boca, tus dedos,
me hacías saltar tan alto

que yo era tu estandarte
aunque no hubiera viento.
Me desnudaste tanto

que pronuncie mi nombre
y me dolió la lengua,
los años me dolieron.

Nos desnudamos tanto
que los dioses temblaron,
que cien veces mandaron
las lavas a escondernos.


III

Te frotabas tan rápido
los senos que dos veces
caí en sus remolinos,

movías el culo lento,
en alto, para arrearme
a su negra emboscada,

su mediodía perenne.
Abrías tanto su historia,
gritaba su naufragio...

Nos denudamos tanto
que nonos conocíamos,
que los dioses mandaron
la lava a reinventarnos.


IV

Te desmentí de cabo
a rabo devolviéndote
a tus primeros actos,

te escudriñé profundo
hasta escuchar la historia
amarga de tu cuerpo,

pues sólo el amor sabe
cómo llegar tan hondo
sin molestar la sangre.

Esa noche la lava
mudó si paisaje en piedra.
Tú y yo fuimos lo único
que se murió de veras.


_______________________________

En Pompeya, entre otros cuerpos petrificados
por las lavas y cenizas de la erupción del
Vesubio (año 79), se conservan los de un

hombre y una mujer en el acto amoroso. 

jueves, 16 de julio de 2026


LA MUSICA EN LA EDAD DE HIERRO

Alberto Blanco

Éste no es el viento de los sauces
ni el viento de los eucaliptos,
ni siquiera el viento que enciende las velas
y mueve lentamente los molinos.

No es el viento que desplaza las nubes
en el calendario del verano
ni el viento de la aurora
naciendo en las aves.

Hermanos, hermanas
ésta no es la canción del otoño
ni la canción de los amantes
naciendo el amor a la luz de la luna.

Éste no es el ritmo de los cristales de nieve
ni la danza alterna del día y la noche,
ni el pausado ritmo de tu respiración
y es mi respiración... escucha:
Es la voz de las ciudades enfermas sin remedio

-las láminas, los dados, las varillas-.
El ubicuo motor y el desconcierto
de una época que se disipa.

Es el sonsonete trillado que en el Apocalipsis
encuentra un eco de la transformación:
El reino de la velocidad
y los signos cruzados del tiempo.
Es el estrépito insensato de la industria
-las fábricas mil veces explotadas-.
Rastros de herrumbre y gases insidiosos.
Las fábricas, no tú ni yo.

Fragor, fricción y bruma entre la maquinaria
-horrísono chirriar en esta edad vacía,
en este barril sin fondo-. Es el idioma
internacional de la usura.

La nueva lengua universal:
El esperanto de la infamia
-los alambres, los picos, las cadenas-.
La edad de hierro no reconoce otra voz.

Pero no puede prolongarse eternamente la caída
porque el ruido tiene límites... escucha:
Éste no es el viento de los sauces

ni el viento de los eucaliptos... 

martes, 14 de julio de 2026


FRAGMENTOS 1ª Parter

Alejandro Oliveros

Es mil novecientos sesenta y nueve, y caminas
por la avenida Bolívar de Valencia
con un libro de poemas en el bolsillo. Las aceras
angostas y los cedros ajenos
a la blanca voracidad del acero.
El viento del este sacudía, por ultima vez, las ramas
de estos árboles. Te detienes
bajo una luz y lees: Venías
desde el fondo de la noche
con flores en las manos.
Eran noches buenas, las de octubre,
para la poesía. Frescas
y con una transparencia
de estrellas. Se repetían,
una tras otra, un río inagotable
de noches, todas esperando tu visita.

 

FRAGMENTOS 2ª Parte

 

Caminas entre nubes de vapor
por una calle que desconoces.
El silencio es oscuro en esta ciudad.
Sus voces te confunden,
mientras el viento llega
a tu cara con el silbido
plateado de una hoja. La noche
ya no es un ángel con amplios
patios y ventanas, sino
el lomo delgado de un tronco
que cruzan tus miedos y ansiedades.
Más cerca de la nada que de la mano
que se extiende en el instante
de más húmedo vacío. La calle
treinta y cuatro de Nueva York se alargaba
como un túnel, entre tu casa
de Valencia y los muelles

de un país desconocido. 

domingo, 12 de julio de 2026

A LAS DOS DE LA TARDE

Alfonso Quijada Urias

Para todo el silencio de esta mañana basta la suciedad de los corredores
Donde somos la víctima,
La amenaza de todos contra uno; puede que un día cuando todo esto
/ no sea más que el espejo roto
o el tedio de una pobreza honorable, recordar esta casa llena de
/ flores y olor a lavanda
donde sufrimos a Rambaud y nos acodamos en el árbol más viejo
/ a aullar el dolor,
a sacar por la boca el corazón como trapo inservible,
donde arrancamos memorias y accidentes con la intención de
/ procurarnos algo que no tuvimos.
Nos devoramos junto al hormiguero, nos comimos los ojos. No nos
/ queda nada,
esto lo recordarás como la luz de una bombilla decentemente apagada,
donde exhumamos nuestro aliento, cobijados como dos animales rarísimos,
verdá que mañana cuando pongas el radio y escuchés aquellas
/ canciones de otro país
que no es el nuestro sentirás una vociferación distinta a ésta con que
trato de meterme y verás como es de pequeño todo esto: las sillas,
el basurero, las puertas, el espejo, y te darán ganas de regresar
/ como al origen
de algún deseo dudoso, de algo reprimido por temor a no sé qué.
Estaré como otras veces en la silla de siempre donde suelo esperarte
/ con esa melancolía
aprendida en los corredores sucios, el árbol viejo junto al hormiguero

y ese espejo limpio por tu mirada. Tantas veces.