lunes, 13 de abril de 2026

   imagen de: Octavio Paz

 FELICIDAD EN HERAT

Octavio Paz

Vine aquí
como escribo estas líneas,
sin idea fija:
una mezquita azul y verde,
seis minaretes truncos,
dos o tres tumbas,
memorias de un poeta santo,
los nombres de Timur y su linaje.

Encontré al viento de los cien días.
Todas las noches las cubrió de arena,
acosó mi frente, me quemó los párpados.
La madrugada:
dispersión de pájaros
y ese rumor de agua entre piedras
que son los pasos campesinos.
(Pero el agua sabía a polvo.)
Murmullos en el llano,
apariciones
desapariciones,
ocres torbellinos
insubstanciales como mis pensamientos.
Vueltas y vueltas
en un cuarto de hotel o en las colinas:
la tierra un cementerio de camellos
y en mis cavilaciones siempre
los mismos rostros que se desmoronan.
¿El viento, el señor de las ruinas,
es mi único maestro?
Erosiones:
el menos crece más y más.

En la tumba del santo,
hondo en el árbol seco,
clavé un clavo,

no,
como los otros, contra el mal de ojo:
contra mí mismo.
(Algo dije:
palabras que se lleva el viento.)

Una tarde pactaron las alturas.
Sin cambiar de lugar
caminaron los chopos.
Sol en los azulejos
súbitas primaveras.
En el Jardín de las Señoras
subí a la cúpula turquesa.
Minaretes tatuados de signos:
la escritura cúfica, más allá de la letra,
se volvió transparente.
No tuve la visión sin imágenes,
no vi girar las formas hasta desvanecerse
en claridad inmóvil,
el ser ya sin substancia del sufí.
No bebí plenitud en el vacío
ni vi las treinta y dos señales
del Bodisatva cuerpo de diamante.
Vi un cielo azul y todos los azules,
del blanco al verde
todo el abanico de los álamos
y sobre el pino, más aire que pájaro,
el mirlo blanquinegro.
Vi al mundo reposar en sí mismo.
Vi las apariencias.
Y llame a esa media hora:
Perfección de lo Finito.

sábado, 11 de abril de 2026

Desnudo Azul: Pablo Picasso

EL DESNUDO

Vicente Aleixandre


Basta, basta.

Tanto amor en las aves,
en esos papeles fugitivos que en la tierra se buscan,
en ese cristal indefenso que siente el beso de la luz,
en la gigante lámpara que bajo tierra solloza
iluminando el agua subterránea que espera.

Tú, corazón clamante que en medio de las nubes
o en las plumas del ave,
o en el secreto tuétano del hueso de los tigres,
o en la piedra en que apoya su cabeza la sombra.

Tú, corazón que dondequiera existes como existe la muerte,
como la muerte es esa contracción de la cintura
que siente que la abarca una secreta mano,
mientras en el oído fulgura un secreto previsto.

Di, qué palabra impasible como la esmeralda
deslumbra unos ojos con su signo durísimo,
mientras sobre los hombros todas, todas las plumas
resbalan tenuemente como sólo memoria.

Di, qué manto pretende envolver nuestro desnudo,
qué calor nos halaga mientras la luz dice nombres,
mientras escuchamos unas letras que pasan,
palomas hacia un seno que, herido, a sí se ignora.

La muerte es el vestido.
Es la acumulación de los siglos que nunca se olvidan,
es la memoria de los hombres sobre un cuerpo único,
trapo palpable sobre el que un pecho solloza

mientras busca imposible un amor o el desnudo. 

jueves, 9 de abril de 2026


TURISTA

Francisco Álvarez Hidalgo

Llevo sobrecargada la retina
de imágenes dispares,
repertorio de valles y montañas,
de mesetas, y ríos, y ciudades;
de sólidos castillos, centinelas
sobre el campo; de esbeltas catedrales
donde la fe ha cedido su salmodia
al políglota andar del visitante.


Tengo un sinfín de estáticas efigies
carentes de lenguaje;
demasiados panfletos,
fotografías, mapas, cuadros de arte,
recuerdos de mi paso por el mundo,
que aún hablando, no pueden escucharme.


He acumulado en mi álbum claroscuros
del caer de la tarde,
colores vivos de naciente aurora,
pardas encinas, verdes olivares,
del sol brillando en las esferas de oro
de limoneros y de naranjales.


El tiempo se me fue reuniendo objetos,
y permití alejarse,
sin reconocimiento, cuanto bulle
bajo sombreros, boinas, y turbantes.

Hoy no son las murallas,
ni las estatuas en sus pedestales,
ni las columnas rotas,
ni los palacios del país distante
mi plan ni mi objetivo.


Hoy la sola razón de mis viajes
es la persona que sonríe y llora,
que habla y abraza, y sabe desbordarse.


Cuanto tengo de humano
busca la humanidad, la misma carne,
y lo que en ella se refugia y vibra,
la idea, el sentimiento, y el mensaje.


Ya soy un viajero de la vida;

si hay vida en ti, deténme al acercarme. 

martes, 7 de abril de 2026

 Imagen de: Alejandro Magariños Fernandez

¡DEJA QUE YO TE BESE!
TRADUCCIÓN LIBRE

Alejandro Magariños Cervantes

Calla la noche, y plácida
La luna allá en el cielo,
Sin una nube el éter,
Brilla entre el azul velo.

Resbalan de hoja en hoja
Sus plateadas huellas,
Y una diadema en torno
Le forman las estrellas.

Tímida, en el bosque, el ave
Suelta amoroso pío;
Con éxtasis las flores
Aspiran el rocío.

Sonreír de amor parece
La creación bendita;
La flor, la tierra, el aire,
Todo al placer invita.

Aquí entre los concentos
De la natura entera,
También mi labio trémulo
Un paraíso espera.

También el pecho mío
Busca otro pecho amante,
Que unísono a mi anhelo
Responda delirante.

*

Loca está mi alma ¡oh virgen!
Mi mente audaz delira...
Parece que a los ángeles
Robar su imperio aspira.

Ven, mi adorada, y fúlgida
De Venus cual la estrella,
Haz que tu labio tierno
Sonría a mi querella.

Y como el aura leve
Tu rostro toca apena,
¡Deja que yo te bese,
Gentil niña morena!

Y como mueve el céfiro
Las cintas de tu cuello,
Deja que yo los rizos
Toque de tu cabello!

¿Por qué tiemblas, y bajas
Tus ojos?... ¿qué temor
Te asalta?... tú eres reina,
Tu humilde esclavo yo!

Ve como me contengo,
Trémulo así al mirarte,
Cuando entre ardientes besos
Quisiera yo abrazarte ;

Y desmayarme sobre
Tu seno, en dulce alarde...
Mas me detiene el púdico
Rubor que en tu faz arde.

¡Oh virgen, ven!... tu frente
Sobre mi pecho posa:
Dirante sus latidos
Cuánto te adoro, hermosa.

¡Dando al olvido el mundo,
Entre el nocturno velo,
Unidas nuestras almas
Remóntense hasta el cielo!

Tocando ya a su ocaso
La luna va serena:
Ven que te bese, y bésame,
Gentil niña morena!