sábado, 24 de octubre de 2026

 LAS VIRGENES PRUDENTES

Carlos Martinez Rivas

¿Quién es esa mujer que canta

en la noche? ¿Quién llama a su hermana?

De país en país, esa rapsoda que vuelva en el viento

por encima del mar tenebroso donde culebrea el cielo?


¡Salidle al encuentro!

Ella, la enamorada.

Ella nada más, y su hermana.

¿Ese viento que canta?


Es la voz del amor. La voz del deseo del amor que se alza

en la noche alta.

Sobre la potencia de la ciudad, esa voz que gira.

Esa aria exquisita!


Sólo esa nota vibra en la noche helada.

Esa arpa sola tañendo en la noche vasta.

Ese único silbo penetrante de la pureza.

Sólo esa serenata encantada.


Y el amor de las hermanas!

De las estrellas protegiendo sus llamas

para el Deseado que tarda.

Nada sino eso: el cañaveral de las desposadas

y la sombra alargada del Ladrón que escala.


Canta la noche y las llanuras solitarias

sometidas al hechizo de la luna. Claras,

vacías súbitamente al paso de las hermanas.

Al paso de la bandada blanca de las vírgenes hermanas.


Las que se entregaron al amor.

A quienes no se les concedió sino el amor.


Las Vírgenes Prudentes cuchicheando en la alcoba [estrellada.

Bajando la voz y subiendo la llama.

Cerrándose en medio de su sombra. Desapareciendo detrás

de su lámpara.

Aquí sólo tienes abismo. Aquí sólo hay un punto fijo:

el pábilo quieto ardiendo y el halo frío.


Aquí vas a rasgar el velo.

Aquí vas a inventar el centro.

Aquí vas a tocar el cuerpo

Como toca un ciego el sueño.


Aquí podrás soplar y apagar tu secreto.

Aquí ya podrás quedarte muerto. 

jueves, 22 de octubre de 2026

Toisha V (II)

Camilo José Cela

Ahora, ahora mismo,

En este instante idéntico a niña embarazada,

En este instante mismo en que la sangre se agolpa por mis sienes

En este instante, oh muerta!, en que navajas, tréboles,

O espartos moribundos dan sabor a tu boca,

En que huracanes trémulos, musgos recién nacidos,

O gusanos sin boca son dueños de tus senos,

En que la tierra inmensa te ahoga por la garganta

Por un instante no mayor que un beso,

En que lágrimas huecas o mechones de pelo perfectamente inútiles

No son lo que yo quiero: que es tu presencia misma,

Que es tu carne dorada donde yo me dormía,

Que son tus piernas tibias, tus muslos abarcados,

Tus fecundas caderas donde yo cabalgaba

Como un verano, hasta que te rendías,

Tus fortísimos brazos con que, toda desnuda,

Me levantabas sobre tu cabeza

En este instante en que un dolor inmenso

Es incapaz de hacerme mover un solo dedo,

Yo te prometo, oh dulce esposa mía asesinada,

Oh madrecita sin haber parido, oh muerta,

Colgar tu atroz recuerdo cada noche de un pelo,

Y que desiertos de tinieblas moradas

O amargas noches de insomnio y sobresalto

Sean incapaces de ahogarme como a un niño.  

martes, 20 de octubre de 2026

 Toisha V (I)

Camilo José Cela

Ahora que ya tus ojos son como sal, y fértil

Tu inmensa boca es un volcán difunto.

Ahora que ya los lobos y las piedras,

Tus vestidos pegados cual olvidadas vendas

Y este atroz mineral que extraje de tu pecho,

Son reliquias tan ciertas como antiguos abrazos.

Ahora que tus axilas pueblan de olor el mundo

Donde yo con mi piel de viudo te presiento.

Ahora que tus zapatos, tus sostenes, tu lápiz de labios,

No me dan más que frío al encontrarlos.

Ahora que ya no puedo dormir donde has dormido

Porque mis ojos lloran azufre y yodo ardiendo.

Ahora que ya no puedo ver tu talla desnuda

Porque alambres al rojo se clavan en mi sexo.

Ahora que los domingos, salgo sin rumbo, inmóvil.

Y que tranvías, yeguas, las moradas mujeres ni el consuelo,

Han de torcer mi ruta de novio eternamente.

Ahora que ya conozco lo bastante a los hombres,

Para que no me fíe ni de mi pena misma.

Ahora que los difuntos, en montones austeros,

Son incapaces de hacerme verter lágrimas

Porque mis ojos son de cristal y aluminio.

Ahora que ya me olvido de qué es dormir tranquilo,

E imbéciles amigos pueblan mi soledad de compasiones que no quiero.

Ahora que mis dos manos son totalmente inútiles

Porque en clavos con óxido sólo encuentran tu cuerpo.

Ahora que ya mi boca pudiera cerrarse eternamente,

Porque tus salobres ingles, tus sustanciosos huesos,

Ya ni me pertenecen.

Ahora que ni cuchillos, ni pistolas, ni ojos envenenados,

Me hacen temblar de miedo, porque un solo veneno

Es quien late en mis pulsos. 

domingo, 18 de octubre de 2026

 DONES

Heberto Padilla

No te fue ddo el tiempo del amor

ni el tiempo de la calma. No pudiste leer

el claro libro de que te hablaron tus abuelos.

Un viento de furia te meció desde niño,

un aire de primavera destrozada.

¿Qué viste cuando tus ojos buscaron el pabellón

despejado? ¿Quiénes te recibieron

cuando esperabas alegría?

¿Qué mano tempestuosa te asió cuando extendiste

el cuerpo hacia la vida?


No te fue dado el tiempo de la gracia.

No se abrieron para ti blancos papeles por llenar.

No te acogieron; fuiste un niño confuso.

Golpeaste y protestaste en vano.

Saliste en vano a la calle.

Te pusieron un cuello negro y una gorra de luto,

y un juego torpe, indescifrable.


No te fue dado el tiempo abierto

como un arco hacia la edad de la esperanza.

Donde naciste te sacudieron e hicieron mofa

de tus ojos miopes; y no pudiste ser

testigo en el umbral o el huésped,

o simplemente el loco.

En tu patria sobre su roca,

con tanto sol y aire caliente, silbaste

largamente hasta herir o soñar; silbaste

contra la lejanía, contra el azar,

contra la fastidiosa esperanza,

contra la noche deslavazada, tonto.


Y sin embargo, tenías cosas que decir:

sueños, anhelos, viajes, resoluciones angustiosas;

una voz que no torcieron

tu demasiado amor ni ciertas cóleras.


No te fue dado el tiempo de aquel pájaro

que destruye su forma y reaparece,

sino la boca con usura, la mano leguleya,

la transacción penosa entre los presidarios,

las cenizas derramadas sobre los crematorios

aún alentando, aún alentando.


No te fue dado el tiempo del halcón,

(el arco, la piedra lisa y útil); tiempo

de los oficios, tiempo versado en fuegos

sobre la huella de los hombres,

sino el año harapiento, libidinoso

en que se queman tus labios con amor.