sábado, 10 de octubre de 2026


POEMA EN FORMA DE MUJER QUE DICEN TEMEROSO, MATUTINO, INUTIL

Camilo José Cela

Ese amor que cada mañana canta

y silba, temeroso, matutino, inútil

(también silba)

bajo las húmedas tejas de los más solitarios corazones

-¡Ave María Purísima!-

y rosas son, o escudos, o pajaritas recién paridas,

te aseguro que escupe, amoroso

(también escupe)

en ese pozo en el que la mirada se sobresalta.

Sabes por donde voy:

tan temeroso

tan tarde ya

(también tan sin objeto).

Y amargas o semiamargas voces que todos oyen

llenos de sentimiento,

no han de ser suficientes para convertirme en ese dichoso,

caracol al que renuncio

(también atentamente).

Un ojo por insignia,

un torpe labio,

y ese pez que navega nuestra sangre.

Los signos de oprobio nacen dulces

(también llenos de luz)

y gentiles.

Eran

-me horroriza decirlo-

muchos los años que volqué en la mar

(también como las venas de tu garganta, teñida de un tímido color).

Eran

-¿por qué me lo preguntas?-

dos las delgadas piernas que devoré.

Quisiera peinar fecundos ríos en la barba

(también acariciarlos)

e inmensas cataratas de lágrimas

sin sosiego,

desearía, lleno de ardor, acunar allí mismo donde nadie se atreve a

levantar la vista.

Un muerto es un concreto

(también se ríe)

pensamiento que hace señas al aire.

La mariposa,

aquella mariposa ruin que se nutría de las más privadas

sensaciones,

vuela y revuela sobre los altos campanarios

(también hollados campanarios)

aún sin saber,

como no sabe nadie,

que ese amor que cada día grita

y gime, temeroso, matutino, inútil

(también gime)

bajo las tibias tejas de los corazones,

es un amor digno de toda lástima.


jueves, 8 de octubre de 2026


EL ALA DEL CUERVO

Ruben Dario

I

¡Ea! apretad esas cinchas

y apercibid los overos;

y que ya tasquen los potros

el bocado de los frenos.

Preparad las jabalinas,

poned traílla a los perros;

sonad las trompas de caza

y azores llevad dispuestos.

¿Ya estáis listos? Pues aprisa,

vamos al bosque siniestro.?

II

Quien tal dice es un altivo,

noble y alto caballero

que, con sus alrededores,

tiene la comarca en feudo.

Es Don Pedro de Almendares,

el infanzón altanero

a quien, por lo valeroso,

ninguno venció en el duelo.

El que ha astillado sus lanzas

en las justas y torneos,

siempre sereno y triunfante,

sin temores ni recelos.

III

Es Violante una doncella

con unos ojos muy negros,

con unos oscuros rizos

que cuando le caen sueltos

por la garganta blanquísima,

por la espalda y por el seno,

fingen en fondo de mármol

mallas finísimas de ébano.

Don Pedro adora a Violante

y Violante ama a Don Pedro;

y ambos gozan en deliquios

de ardorosos embelesos.

IV

Pero Violante, la hermosa,

se enciende en llamas de celos,

sin que nada de sus ansias

pueda aminorar el fuego.

La linda Violante busca

para sus males remedio,

y a un nigromante interroga

contándole sus secretos.

El nigromante medita;

y luego, fruncido el ceño,

busca en yerbas misteriosas

filtros; y ve los luceros;

y en caballísticos signos

quiere hallar el verdadero

modo de que sus retortas

puedan curar aquel pecho.

Por fin, después de lograr

descifrar aquel misterio,

y ya encontrada la clave

del enigma, dijo luego

a Violante: ?Que el que os ama

os traiga el ala de un cuervo;

y con el oscuro copo

del suave plumaje negro,

podréis curar la dolencia,

llevándole junto al pecho.

V

Por eso va en su corcel

el valeroso Don Pedro,

y con sus gentes al bosque,

con jaurías y pertrechos.

Ese es el bosque maldito,

ese es el bosque siniestro,

del que mil supersticiones

andan en boca del pueblo.

Con temor van caminando

ojeadores y monteros,

que a ese bosque nunca llegan

porque les ataja el miedo.

?Don Pedro, el bosque es terrible?.

...Don Pedro se ríe de eso;

que no teme ese hijodalgo

ni a los vivos ni a los muertos.

?Ese bosque está maldito.

?No importa?dice Don Pedro.

Y siguen andando, andando;

y ya están del bosque dentro;

y ya los toques de caza

repiten sonoros cuernos,

y van los genios del aire

desparramando los ecos.

Don Pedro no busca fieras

ni sigue la pista a ciervos,

ni a cerdosos jabalíes;

él busca un nido de cuervos.

VI

Iba la noche empezando;

el día iba oscureciendo;

cuando en un árbol robusto

medio destroncado y seco,

graznó un cuervo enorme echado

en unos grietosos huecos;

sus ojos fosforescentes,

su corvo pico entreabierto.

VII

Don Pedro fuese hacia él

afanoso ya y contento;

puso en comba un arco entonces,

y disparó... cuando el cuervo

como una flecha veloz

voló donde el caballero;

hincó en los hombros robustos

sus largas uñas de acero,

y con picotazos rápidos

le sacó los ojos negros...

Don Pedro dio un hondo grito,

mas mató al pájaro; y luego

le sacaron aterrados

servidores y pecheros

de aquel lugar tenebroso,

de en medio el bosque siniestro.

Fue al castillo de Violante,

con un ala entre sus dedos

del pájaro, y a la hermosa

le dijo: ?Mira, estoy ciego;

por ti he perdido mis ojos

ángel de mis dulces sueños...

Yo llegué al bosque maldito

y me castigó el infierno.

VIII

La niña miróle entonces

y le dijo: ?Buen mancebo,

yo ya no puedo quererte:

primero, porque eres ciego;

y después, porque el de Alcántara,

noble señor extranjero,

pidió a mi padre mi mano

y nos casamos hoy mesmo.

IX

Dio un grito de horror terrible,

y tornado loco el ciego,

en carrera desatada,

fue tropezando y cayendo

por los bosques; y apretando

contra el dolorido pecho,

entre los puños crispados,

la espantosa ala del cuervo.  

martes, 6 de octubre de 2026

 TODAS IBAMOS A SER REINAS

Rosalia de Castro

Todas íbamos a ser reinas,

de cuatro reinos sobre el mar:

Rosalía con Efigenia

y Lucila con Soledad.

En el valle de Elqui, ceñido

de cien montañas o de más,

que como ofrendas o tributos

arden en rojo y azafrán,

Lo decíamos embriagadas,

y lo tuvimos por verdad,

que seríamos todas reinas

y llegaríamos al mar.

Con las trenzas de los siete años,

y batas claras de percal,

persiguiendo tordos huidos

en la sombra del higueral,

De los cuatro reinos, decíamos,

indudables como el Korán,

que por grandes y por cabales

alcanzarían hasta el mar.

Cuatro esposos desposarían,

por el tiempo de desposar,

y eran reyes y cantadores

como David, rey de Judá.

Y de ser grandes nuestros reinos,

ellos tendrían, sin faltar,

mares verdes, mares de algas,

y el ave loca del faisán.

Y de tener todos los frutos,

árbol de leche, árbol del pan,

el guayacán no cortaríamos

ni morderíamos metal.

Todas íbamos a ser reinas,

y de verídico reinar;

pero ninguna ha sido reina

ni en Arauco ni en Copán.

Rosalía besó marino

ya desposado en el mar,

y al besador, en las Guaitecas,

se lo comió la tempestad.

Soledad crió siete hermanos

y su sangre dejó en su pan,

y sus ojos quedaron negros

de no haber visto nunca el mar.

En las viñas de Montegrande,

con su puro seno candeal,

mece los hijos de otras reinas

y los suyos no mecerá.

Efigenia cruzó extranjero

en las rutas, y sin hablar,

le siguió, sin saberle nombre,

porque el hombre parece el mar.

Y Lucila, que hablaba a río,

a montaña y cañaveral,

en las lunas de la locura

recibió reino de verdad.

En las nubes contó diez hijos

y en los salares su reinar,

en los ríos ha visto esposos

y su manto en la tempestad.

Pero en el Valle de Elqui, donde

son cien montañas o son más,

cantan las otras que vinieron

y las que vienen cantarán:

?«En la tierra seremos reinas,

y de verídico reinar,

y siendo grandes nuestros reinos,

llegaremos todas al mar». 

domingo, 4 de octubre de 2026

CAMECUARO

ATENOGENES SEGALE

Salve, la alberca azul, nido de fuentes

que en medio de antiquísimos sabinos

dilata de sus aguas transparentes

la soñolencia y el color divinos.

Las raíces lamiendo con molicie

de los troncos tan altos como viejos,

extiendes tu serena superficie,

que forma aquí y allá rotos espejos.

Cien y cien escondidos manantiales

tu seno rasgan con pausado giro,

y atesoran en tu álveo sus cristales

de líquida esmeralda y de zafiro;

pero tan lentos en manar se esmeran

que la arena brillante mal revuelven

en espirales, que tu paz no alteran

y en tu seno muy pronto se disuelven.

Sólo turba tu plácido sosiego

una gota, que suele deslizarse,

en círculos concéntricos que luego

en tu eterna quietud van a borrarse.

Como naves de templos comenzados,

como bosques de cimbras y pilares

se elevan, por tus aguas retratados,

en filas los sabinos seculares.

Y enseñan en los rudos filamentos,

de sus troncos los siglos, que han vivido,

y cuelgan desceñidos a los vientos

sus mechones de musgo encanecido.

¡Cómo es encantador, cuando en la tarde

abraza al rojo sol para morirse,

ver el incendio, que a lo lejos arde,

en tu inmenso cristal reproducirse!

¡Cómo crece la hermosa perspectiva

mirada contra el sol! Forman las ramas

aquí y allá las curvas de la ojiva,

dejando penetrar vividas llamas.

Los rayos en fantástica aureola

a tus ancianos árboles circuyen,

y su luz el ramaje tornasola

de tus enebros, que su luz obstruyen.

Cuando la luna con su fuego blando

los dorsos de los árboles platea,

sus gigantescas sombras recortando

sobre tu linfa, a trechos cabrillea.

Claridad y tinieblas en lo hondo

alguna forma caprichosa abultan;

y con la luz cien iris en el fondo

de tus veneros límpidos resultan,

que al remover la arena en borbollones,

debajo de tus aguas cristalinas,

hacen pensar en tales ocasiones

en el mito de Náyades y Ondinas.Arropada en translúcidos vapores

viene a verte la luz de la mañana:

no le das ni suspiros, ni rumores,

que eres muda, mi plácida fontana.

Tú no sabes parlar, cual si vivieras

en un eterno amor embebecida

o como si por siempre padecieras

la tristeza más honda de la vida.