viernes, 6 de febrero de 2026


VARIACIÓN I

AZULES

Pedro Salinas

Variaciones que enseñaban
en la escuela: Egeo, Atlántico,
Indico, Caribe, Mármara,
mar de la Sonda, mar Blanco.
Todos sois uno a mis ojos:
el azul del Contemplado.


En los atlas,
un azul te finge, falso.
Pero a mí no me engañó
ese engaño.
Te busqué el azul verdad;
un ángel, azul celeste,
me llevaba de la mano.


Y allí en tu azul te encontré
jugando con tus azules,
a encenderlos, a apagarlos.
¿Eras como te pensaba?
Más azul. Se queda pálido
el color del pensamiento
frente al que miran los ojos,
en más azul extasiados.


Eres lo que queda, azul;
lo que sirve
de fondo a todos los pasos,
que da lo que pasa, olas,
espumas, vidas y pájaros,
velas que vienen y van.
Pasa lo blanco, mortal.


Y tú estás siempre llenando,
como llena un alma un cuerpo,
las formas de tus espacios.
Cada vez que fui en tu busca,
allí te encontré, en tu gloria,
la que nunca me ha fallado.
Tu azul por azul se explica:
color azul, paraíso;

y mirarte a ti, mirarlo. 

miércoles, 4 de febrero de 2026


A UN ÁRBOL VIEJO

Diego Uribe

¡Oh árbol que te elevas de tu asiento
              A tan inmensa altura,
Tú tienes por dosel el firmamento,
              Por peana la espesura!

Aunque enseñas del tiempo las escamas,
              Vida y vigor te quedan,
Y desde tu raíz hasta tus ramas
              Verdes lianas se enredan.

Tus nudosas raíces han salido
              Entre hirsuta maleza;
Y llevas encerrado, comprimido,
              Un siglo en tu corteza.

Y en tus hojas, inmenso rey del monte,
              Gigante centenario,
Vuelan las aves todas, el sinzonte,
              La mirla y el canario.

Tú que has visto el relámpago brillante,
              Hijo del trueno ronco,
En el cielo brillar, y agonizante
              Morir sobre tu tronco;

Tú que has visto bajar de la montaña
              El ventarrón deshecho,
Y lanzarse después con fiera saña
              Contra tu rudo pecho;

Y has oído bramar las tempestades
              Y retumbar el trueno,
Y has visto el cielo roto en claridades,
              Impávido, sereno;

Y tú que hasta del hombre has resistido
              Los temibles hachazos,
A las aves del bosque das un nido
              En tus musgosos brazos.

Y así como un gigante que meciera
              Con paternal cariño
Y entre sus fuertes brazos adurmiera
              Un delicado niño;

Así también con majestad alojas
              En tus ramas perdido,
Arrullándolo al ruido de tus hojas,

              Un blando y tierno nido. 

lunes, 2 de febrero de 2026


ROSA DEL PARAÍSO

Ramón María del Valle-Inclán

 

Esta emoción divina es de la infancia,
cuando felices el camino andamos
y todo se disuelve en la fragancia
de un domingo de Ramos.

El campo verde de una tinta tierna,
los montes mitos de amatista opaca,
la esfera de cristal como una eterna
voz de estrellas. ¡Un ídolo la vaca!

Aladas sombras en la gracia intacta
del ocaso, poblaron los senderos,
y contempló la luna, estupefacta,
el paso de los blancos mensajeros.

Negros pastores, quietos en los tolmos,
adivinan la hora en las estrellas.
Cantan todas las hojas de los olmos.
La mano azul del viento va entre ellas.

En su temblor azul, devoto y pronto,
tiene ansias de ideal la flor del lino,
ansias de deshojarse en el tramonto
y hacer de su temblor, temblor de trino.

El agua por las hierbas mueve olores
de frescos paraísos terrenales;
las fuentes quietas, oyen a las flores
celestes conversar en sus cristales.

Con reflejos azules y ligeros
el mar cantaba su odisea remota,
y se encendía bajo los luceros
que a los bajeles dicen la derrota.

Mi bajel, en el claro de la luna,
navegaba, impulsado por la brisa,
sobre ocultos caminos de fortuna...
¡Era el cielo cristal, canto y sonrisa!

Con el ritmo que vuelan las estrellas
acordaba su ritmo la resaca,
y peregrina en las doradas huellas
vi sobre el mar una nocturna vaca.

Mi alma, tendida como un vasto sueño,
se alegró bajo el árbol del enigma.
Ya enroscaba en la copa su diseño
flamígero, la sierpe del Estigma.

En mi ardor infantil no cupo el miedo.
La vaca vino a mí, de luz dorada,
y en sus ojos enormes, con el dedo
quise tocar la claridad sagrada.

Su ojo redondo, que copiaba el mundo,
me habló como la sierpe del pecado,
y busqué la manzana en su profundo

con un dedo de rosa levantado. 

sábado, 31 de enero de 2026


ELEGÍA DE LEYLA KHÁLED

Meira Delmar


Lo mismo que una espiga
o el tallo de una flor,
te rompieron
los años del asombro y la ternura,
y asolaron la puerta de tu casa
para que entrara el viento del exilio.

Y comenzaste a andar,
la patria a cuestas,
la patria convertida en el recuerdo
de un sitio que borraron de los mapas,
y dolía más hondo cada hora,
y volvía más triste del silencio,
y gritaba más fuerte en el castigo.

Y un día, Leyla Kháled, noche pura,
noche herida de estrellas, te encontraste
los campos, las aldeas, los caminos,
tatuados en la piel de la memoria,
moviéndose en tu sangre roja y viva,
llenándote los ojos de sed suya,
las manos y los hombros de fusiles,
de fiera rebeldía los insomnios.

Y comenzaron a llamarte nombres
amargos de ignominia,
y te lanzaron voces como espinas
desde los cuatro puntos cardinales,
y marcaron tu paso con el hierro
del oprobio.

Tú, sorda y ciega, en medio
de las ávidas zarpas enemigas,
ardías en tu fuego, caminante
de frontera a frontera,
escudando tu pecho contra el odio
con la incierta certeza del regreso
a la tierra luctuosa de que fueras
por mil manos extrañas despojada.

Te vieron los desiertos, las ciudades,
la prisa de los trenes, afiebrada,
absorta en tu destino guerrillero,
negándote al amor y los sollozos,
perdiéndote por fin entre la sombra.

Nadie sabe, no sé, cuál fue tu rumbo,
si yaces bajo el polvo, si deambulas
por los valles del mar, profunda y sola,
o te mueves aún con la pisada
felina de la bestia que persiguen.

Nadie sabe. No sé. Pero te alzas
de repente en la niebla del desvelo,
iracunda y terrible, Leyla Kháled,
oveja en loba convertida, rosa

de dulce tacto en muerte transformada.