domingo, 4 de octubre de 2026

CAMECUARO

ATENOGENES SEGALE

Salve, la alberca azul, nido de fuentes

que en medio de antiquísimos sabinos

dilata de sus aguas transparentes

la soñolencia y el color divinos.

Las raíces lamiendo con molicie

de los troncos tan altos como viejos,

extiendes tu serena superficie,

que forma aquí y allá rotos espejos.

Cien y cien escondidos manantiales

tu seno rasgan con pausado giro,

y atesoran en tu álveo sus cristales

de líquida esmeralda y de zafiro;

pero tan lentos en manar se esmeran

que la arena brillante mal revuelven

en espirales, que tu paz no alteran

y en tu seno muy pronto se disuelven.

Sólo turba tu plácido sosiego

una gota, que suele deslizarse,

en círculos concéntricos que luego

en tu eterna quietud van a borrarse.

Como naves de templos comenzados,

como bosques de cimbras y pilares

se elevan, por tus aguas retratados,

en filas los sabinos seculares.

Y enseñan en los rudos filamentos,

de sus troncos los siglos, que han vivido,

y cuelgan desceñidos a los vientos

sus mechones de musgo encanecido.

¡Cómo es encantador, cuando en la tarde

abraza al rojo sol para morirse,

ver el incendio, que a lo lejos arde,

en tu inmenso cristal reproducirse!

¡Cómo crece la hermosa perspectiva

mirada contra el sol! Forman las ramas

aquí y allá las curvas de la ojiva,

dejando penetrar vividas llamas.

Los rayos en fantástica aureola

a tus ancianos árboles circuyen,

y su luz el ramaje tornasola

de tus enebros, que su luz obstruyen.

Cuando la luna con su fuego blando

los dorsos de los árboles platea,

sus gigantescas sombras recortando

sobre tu linfa, a trechos cabrillea.

Claridad y tinieblas en lo hondo

alguna forma caprichosa abultan;

y con la luz cien iris en el fondo

de tus veneros límpidos resultan,

que al remover la arena en borbollones,

debajo de tus aguas cristalinas,

hacen pensar en tales ocasiones

en el mito de Náyades y Ondinas.Arropada en translúcidos vapores

viene a verte la luz de la mañana:

no le das ni suspiros, ni rumores,

que eres muda, mi plácida fontana.

Tú no sabes parlar, cual si vivieras

en un eterno amor embebecida

o como si por siempre padecieras

la tristeza más honda de la vida. 


viernes, 2 de octubre de 2026

AÑO NUEVO

Ruben Dario

A las doce de la noche, por las puertas de la gloria

y al fulgor de perla y oro de una luz extraterrestre,

sale en hombros de cuatro ángeles, y en su silla gestatoria,

San Silvestre.

Más hermoso que un rey mago, lleva puesta la tiara,

de que son bellos diamantes Sirio, Arturo y Orión;

y el anillo de su diestra hecho cual si fuese para

Salomón.

Sus pies cubren los joyeles de la Osa adamantina,

y su capa raras piedras de una ilustre Visapur;

y colgada sobre el pecho resplandece la divina

Cruz del Sur.

Va el pontífice hacia Oriente; ¿va a encontrar el áureo barco

donde al brillo de la aurora viene en triunfo el rey Enero?

Ya la aljaba de Diciembre se fue toda por el arco

del Arquero.

A la orilla del abismo misterioso de lo Eterno

el inmenso Sagitario no se cansa de flechar;

le sustenta el frío Polo, lo corona el blanco Invierno

y le cubre los riñones el vellón azul del mar.

Cada flecha que dispara, cada flecha es una hora;

doce aljabas cada año para él trae el rey Enero;

en la sombra se destaca la figura vencedora

del Arquero.

Al redor de la figura del gigante se oye el vuelo

misterioso y fugitivo de las almas que se van,

y el ruido con que pasa por la bóveda del cielo

con sus alas membranosas el murciélago Satán.

San Silvestre, bajo el palio de un zodíaco de virtudes,

del celeste Vaticano se detiene en los umbrales

mientras himnos y motetes canta un coro de laúdes

inmortales.

Reza el santo y pontifica y al mirar que viene el barco

donde en triunfo llega Enero,

ante Dios bendice al mundo y su brazo abarca el arco

y el Arquero.  

miércoles, 30 de septiembre de 2026


DADME MI NUMERO

Julia de Burgos

¿Qué es lo que esperan? ¿No me llaman?

¿Me han olvidado entre las yerbas,

mis camaradas más sencillos,

todos los muertos de la tierra?


¿Por qué no suenan sus campanas?

Ya para el salto estoy dispuesta.

¿Acaso quieren más cadáveres

de sueños muertos de inocencia?


¿Acaso quieren más escombros

de más goteadas primaveras,

más ojos secos en las nubes,

más rostro herido en las tormentas?


¿Quieren el féretro del viento

agazapado entre mis greñas?

¿Quieren el ansia del arroyo,

muerta en mi muerte de poeta?


¿Quieren el sol desmantelado,

ya consumido en mis arterias?

¿Quieren la sombra de mi sombra,

donde no quede ni una estrella?


Casi no puedo con el mundo

que azota entero mi conciencia?


¡Dádme mi número! No quiero

que hasta el amor se me desprenda?

(Unido sueño que me sigue

como a mis pasos va la huella.)


¡Dádme mi número, porque si no,

me moriré después de muerta!  

lunes, 28 de septiembre de 2026

IN MEMORIAN

Gabriela Mistral

Amado Nervo, suave perfil, labio sonriente;
Amado Nervo, estrofa y corazón en paz:
mientras te escribo, tienes losa sobre la frente,
baja en la nieve tu mortaja inmensamente
y la tremenda albura cayó sobre tu faz.

Me escribías: «Soy triste como los solitarios,
pero he vestido de sosiego mi temblor,
mi atroz angustia de la mortaja y el osario
y el ansia viva de Jesucristo, mi Señor».

¡Pensar que no hay colmena que entregue tu dulzura;
que entre las lenguas de odio eras lengua de paz;
que se va el canto mecedor de la amargura,
que habrá tribulación y no responderás!

De donde tú cantabas se me levantó el día.
Cien noches con tu verso yo me he dormido en paz.
Aun era heroica y fuerte, porque aún te tenía;
sobre la confusión tu resplandor caía.
¡Y ahora tú callas, y tienes polvo, y no eres más!

No te vi nunca. No te veré. Mi Dios lo ha hecho.
¿Quién te juntó las manos? ¿Quién dio, rota la voz,
la oración de los muertos al borde de tu lecho?
¿Quién te alcanzó en los ojos el estupor de Dios?

Aún me quedan jornadas bajo los soles. ¿Cuándo
verte, dónde encontrarte y darte mi aflicción,
sobre la Cruz del Sur que me mira temblando,
o más allá, donde los vientos van callando,
y, por impuro, no alcanzará mi corazón?

Acuérdate de mí ?lodo y ceniza triste?
cuando estés en tu reino de extasiado zafir.
A la sombra de Dios, grita lo que supiste:
que somos huérfanos, que vamos solos, que tú nos viste.
¡que toda carne con angustia pide morir!