miércoles, 4 de diciembre de 2013

A LUIS DE CAMÕENS


Sin lástima y sin ira el tiempo mella
las heroicas espadas. Pobre y triste
a tu patria nostálgica volviste,
oh capitán, para morir en ella
y con ella. En el mágico desierto
la flor de Portugal se había perdido
y el áspero español, antes vencido,
amenazaba su costado abierto.

Quiero saber si aquende la ribera
última comprendiste humildemente
que todo lo perdido, el Occidente
y el Oriente, el acero y la bandera,
perduraría (ajeno a toda humana
mutación) en tu Eneida lusitana.



José Luis Borges

martes, 3 de diciembre de 2013

COMO TE LLAMAS?



Incógnito, pasa el reloj golpeando su itinerario,
en una marcha rumbo al olvido:
se parece a tus manos que laboran,
a tus pies circunscritos a un agujero,
a tus ojos que no tienen derecho a soñar.

¡Yo insisto en quedarme!

Y mientras la piedra con su granulometría
y tenaz monopolio de memoria dura,
insonora consolida su áspero ligamento
en el basto ejercicio del concreto;
tú gritas y tiembla el mundo:
interrumpes el misterio de los palacios
y allí,
ellos consternados cierran los ojos
y expectoran en lo que tú podrías ser.

Para tu confesión con el lamento,
hay un postulado de tiros al blanco:
el estómago deshabitado de las cucharas
puede corroer los barrotes del universo,
estandarizar el oro y el cristal de las lámparas.

Y como el péndulo
que lengüetea la brisa,
para ti,
sólo hay lo que hubo:
un gran silencio
y eso es todo.




Elias Letelier

lunes, 2 de diciembre de 2013

EL MATADERO



Hay un solar,
una galera de teja.

Es casa sin paredes.

Los muebles: varas de tarro
atadas de pilar a pilar.


Las cortinas, de carne olisca,
las alfombras de cuero estacado.


Casa acalambrada, hedionda...;
casa mala, de matar la res;
rastro, rastro de sangre...


Hay charcos rojos en el suelo.
Hay postes con ergástulas:
altares del Diablo
donde adoran rezando las moscas
negras,
rizadas como barbas de mono,
barba que se desplaza como gusanos
de gusanera.

En el solar hay tres palos mochos
donde se están, llorando apersogadas
las víctimas.


La res presiente la muerte,
avisada por el zumo
de su propia sanguaza.

El matador
es un hombre gordo,
bofo,
de voz delgada (voz amujerada)
y delantal overo,
en rojo barrioso
y amarillo-verde
de huevo-huero y bilis.


Es panzón y sonríe
con boca de chancleta.


Tiene manos peludas
y atamaldas.


¡Qué pobre hombre feo
y espantoso!,
si Dios lo perdona...,
¡que lo perdone!...
Amanece
con un quinqué y un cuchillo
largo, largo...


Anda entre berridos
arrastrando su sombra
larga larga...


Le ayudan dos mozos
descamisados,
prietos como él.


Le siguen los pasos
tres perros
gordos, gordos, pesados y sanguinolentes
como él.

Esta casa es una llaga
en el cerro.


La mantienen los dianches,
la custodian los zopes
en largos retenes,
por turnos,
entre graznidos y pleitos
y aletazos de escoba rota,
sobre los pedregales
y los basureros.

Un día el matador
se ahogará con su propia saliva,
alzando los brazos y dando trapiés,
rojo de asfixia.


Caerá donde destazan
y está mojado-caliente,
sanguinolente,
pestilente.


Un día se vendrá el temblor,
o el huracán, o el incendio
y la casa maldita
perecerá entre el polvo y el humo
y la res no llorará ya
nunca más, nunca más, nunca más...


Salvador Salazar Aurré


domingo, 1 de diciembre de 2013

SAN POETA LABRADOR



Yo era poeta labrador.
Mi campo era amarillo y áspero.


Todos los días yo sudaba
y lloraba para ablandarlo.


Tras de los bueyes, lentos, firmes,
iba la reja de arado.


Mis surcos eran largos, hondos.
(Mis versos eran hondos, largos.)


Por el otoño lo sembraba
sin desmayar, año tras año.


Iba un puñado de belleza
por cada puñado de grano.


Y un puñadito de verdad.
(Esto sin que lo viera el amo.)


Año tras año lo segaba
bajo los fuegos del verano:
de hambre y dolor era la siega,
de hambre y de dolor y desengaño.

Por san poeta labrador,
a mediados del mes de mayo,
cuando en la Iglesia Catedral
arden las velas del milagro,
me arrodillé sobre la piedra
antes de que cantara el gallo
y estuve así, reza que reza,
la frente humilde, en cruz los brazos.


A Dios el Padre, a Dios el Hijo
y a Dios el Espíritu Santo,
con toda urgencia les pedía
que nos echaran una mano.


Pedía por todos los buenos,
por los que dicen que son malos.


Por los sordos con buen oído,
y por los ciegos de ojos sanos.


Por los soldaditos de plomo
y por el plomo de los soldados.
Por los de estómago vacío
y por los curados de espanto.


Por los niños del culo al aire
y por las niñas de ojos pasmados.
Por las madres de pechos secos
y por los abuelos borrachos.


Por los caídos en la nieve,
por los quemados del verano,
por los que duermen en la cárcel,
por los que velan en el páramo,
por los que gritan a los vientos,
por los que callan asustados,
por los que tienen sed y esperan
y por los desesperanzados.


Ardientemente, largas horas
estuve así pidiendo, orando.

Con las rodillas desolladas,
sabor a incienso en mis labios,
yo, San Poeta Labrador,
cuando ya el Sol estaba en alto,
salí en el nombre de Dios Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo,
con ojos anchos de esperanza,
salí al encuentro del milagro.
(Angeles a la tarea
sobre mi tierra arando, arando.


Bajo la sombra de sus alas,
altas espigas, rubio grano.


Pan de justicia para todos.
Amor y paz desenterrados.)

Miré.Miré. Los ángeles no estaban.
Inmóviles los bueyes, solo el campo.

Dejé secar la sangre en mis rodillas.
Miré de frente y empuñe el arado.


Angela Figuera Aymerich