Te besara
recorriera y lamiera
de punta a punta a flor de piel
te habitara y mordiera
feroz humanamente loco
en la más alta sima
de tu cadera alpina
quemándome de tanta inmensidad
de insaciable lascivia
con los dientes amándote
sacándote la música del cuerpo
alaridos y llamas
reventando tus cuerda
desnudándote más
hasta dar con tu cuerpo
el más oscuro y puro
parirte un sol adentro
mi pecado genial
Alfonso Quijada Urias
La espalda de esta luz
son esos sueños tuyos, amada,
que duelen al soñarse
y que hacen florecer las prímulas
y azahares en tus flancos.
Y caen del lecho moras
de grueso jugo, cuando sueñas;
y zarzarrosas crecen
bajo el cojín de pluma;
y tiernos gansos pican,
bajo el tálamo, hierbas prodigiosas
del sueño enternecido.
Despiertas luego: me miras,
descubres en mis ojos la muerte;
ves en mi mano flores
arrancadas al sueño que soñabas
y se deshacen lentas,
como el mundo del sueño
que pasa a la vigilia,
como el flotante polen
del jardín distraído
hacia los muladares.
Los pelos de la burra
en esta mano
que ha de cortar tu vida.
Vuelve a dormir, te digo,
en un dormir sin sueño
y sin campánulas.
Las flores se diluyen plenamente;
vuelven a ser remate de las telas.
Los gansos vuelan torpes hacia el azul del
techo.
Las moras son tranquilas manchas
de sangre remolida
que el tigre deja ahora
al balancear su hocico.
Y ya no existe el sueño.
Eduardo Lizalde
Aquí, solo en la noche, ya es posible la
muerte.
Morir es poca cosa si tu amor está lejos.
Puedo cerrar los ojos y apagar las
estrellas.
Puedo cerrar los ojos y pensar que ya he
muerto.
Puedo matar tu nombre pensando que no
existes.
Ahora, solo en la noche, sé que todo lo
puedo.
Puedo extender los brazos y morir en la
sombra,
y sentir el tamaño del mundo en mi
silencio.
Puedo cruzar los brazos mirándote desnuda,
y navegar por ríos que nacen en tu sueño.
Sé que todo lo puedo porque la noche es
mía,
la gran noche que tiembla de un extraño
deseo.
Sé que todo lo puedo, porque puedo
olvidarte:
Sí. En esta sombra, solo, sé que todo lo
puedo.
Y ya ves: me contento con cerrar bien los
ojos
y apagar las estrellas y pensar que me he
muerto.
Jose Ángel Buesa
¡Ya su perfil zancudo en el regato,
en el azul el cielo de ballesta,
o, sobre el ancho nido de ginesta,
en torre, torre y torre, el garabato
de la cigüeña!... En la memoria mía
tu recuerdo a traición ha florecido;
y hoy comienza tu campo empedernido
el sueño verde de la tierra fría.
Soria pura, entre montes de violeta.
Di tú, avión marcial, si el alto Duero
adonde vas, recuerda a su poeta
al revivir su rojo Romancero;
¿o es, otra vez, Caín, sobre el planeta,
bajo tus alas, moscardón guerrero?
Antonio Machado