De pronto arranca la memoria,
sin fondos de origen
perdido;
muy niño viéndome una tarde
en el espejo de un
armario
con doble luz enajenada
por el iris de sus
biseles,
decidí que aquello lo había
de recordar, y lo
aferré,
y desde ahí empieza mi mundo,
con un piso
destartaado,
las vagas personas mayores
y los miedos en el
pasillo.
Años y años pasaron luego
y al mirar atrás, allá
estaba
la escena en que, hombrecito audaz,
desembarqué en mí,
conquistándome.
Hasta que un día, bruscamente,
vi que esa estampa
inaugural
no se fundó porque una tarde
se hizo mágica en un
espejo,
sino por un toque, más leve,
pero que era todo mi
ser:
el haberme puesto a mí mismo
en el espejo del
lenguaje
doblando sobre sí el hablar,
diciéndome que lo
diriía,
para siempre vuelto palabra,
mía y ya extraña, aquel
momento.
Pero cuando lo comprendí
era ya mayor, hombre de libros,
y
acaso fue porque en alguno
leí la gran perogrullada:
que no
hay más mente que el lenguaje,
y pensamos solo al hablar,
y no
queda más mundo vivo
tras las tierras de la palabra.
Hasta entonces, niño y muchacho,
creí que hablar era un
juguete,
algo añadido, una herramienta,
un ropaje sobre las
cosas,
un caballo con que correr
por el mundo, terrible y
rico,
o un estorbo en que se aludía
a lo lejos, a ideas
vagas:
ahora, de pronto, lo era todo,
igual que el ser de carne
y hueso,
nuestra ración de realidad,
el mismo ser hombre, poco
o mucho.
Jose Maria Valverde
El amor es esa estrella filosa
y el desamor quién sabe qué
carajos
pero yo no soy yo
ni este aire mi aire
Es un tambor
el miedo
y la paz un tejido frecuentado
pero en mi corazón hay
un cangrejo
y alguien está torciendo mi pescuezo
¿Qué es el
atole blanco?
¿Qué los cigarrillos faros?
Pero a quién le
interesan esas cosas
cuando uno se muere de sí mismo.
¿Qué son los huevos fritos, por ejemplo?
¿Qué son
los buenos días?
Los vecinos arrían la bandera
de la
felicidad, pero quién se los festeja?
quién se los critica?
Sólo
los que se aman los comprenden.
Se está tirando el bóiler. Hay que apagarle.
Se
encordó este reloj. Hay que arreglarlo.
Hizo frío por la
noche.
No lo olvides.
A veces es una araña la palabra amar
una araña en las
vigas de la casa
y uno es la mosca la tonta mosca
A veces el
amor es una aspirina
vieja olvidada en el botiquín
y uno no el
dolor de cabeza sino el aburrimiento
A veces el amor es una
botella de tequila
escondida en el fondo del ropero
y uno la
mano oscura y el trago rápido.
Si me emborracho pienso en ti.
Si me viene el amor a
las palabras, a los ojos, al llanto
a los cigarrro alas, al
tequila sauza,
¿en quién voy a pensar?
Hay un Ricardo Yáñez
que me pega, que todo el día me pega,
y hay un Ricardo Yáñez
que te ama. Ese es el bueno.
Ricardo Yañez
Una nube blanca
mi mirada traspasó,
dijo tu nombre,
en suaves palabras de
amor verdadero
y... pensé en ti.
Hojas en el viento
la libertad acariciada
tocan en melancólico cariño
las notas de tu nombre
y... pensé en ti.
El sol, apesumbrado
en sus ardientes brazos
mi dolor cobijó.
En el calor de tu ausencia
mi alma te lloró...
y... pensé en ti.
Miré el cielo
y tu no estabas,
una golondrina voló
al sur de mi desolación,
el viento en fuertes arrullos
mi vuelo levantó
y... pensé en ti.
La tarde ha pasado
al sol a retiro,
la luna se anuncia
en blanco calor,
tu suave presencia
mi alma despoja
de su razón
y... pensé en ti.
La suavidad del recuerdo
trajo a mí tu sonrisa
y el desierto de mi ser
en primaveral destello floreció
mi alma desolada en ti,
la lluvia de tu amor suplicó
y... pensé en ti.
el mar viejo, azul y profundo
en suaves olas
empuja mi barca a ti,
la tormenta del recuerdo
con voces se acerca
y... pensé en ti.
En suaves arrullos
una poesía vislumbró
el camino eterno
que el amor de tu ser
en mi corazón
grabó
y... pienso en Ti.
Nelson Barragan
Ayúdame a morir ahora que los dos somos nocturnos.
No quiero una muerte de losa y tierra,
deseo morirme y sobre mi boca nazcan amargas hierbas
pues la hiedra se arrastra sobre sus recuerdos
y mi fría lengua sesga los opios enmascarados de tu cuello.
Intento vanamente hallar tu espacio,
déjame morirme roto al menos en tus brazos, ayúdame,
cierra mis pulmones, déjame sin resuello.
Ahora que el arpa segrega el veneno, ábreme los poros
penetra gota a gota en mis venas sobre mi sangre;
Marco descolado, viña de la noche que no se mueve,
amargo fruto de escarcha, juguete del destino.
Ayúdame a morirme, se mi pañuelo, mi luz en la punzada
oscura
no permitas mi desnudez sobre la piedra y el olvido
Ahora esperándote, ven sencilla locura, aroma de néctar
que embriagándome de ti se acabarán mis penas.
Francisco J. Gallardo