Se me va de los dedos la caricia sin causa,
se me va de
los dedos... En el viento, al pasar,
la caricia que vaga
sin destino ni objeto,
la caricia perdida ¿quién la
recogerá?
Pude amar esta noche con piedad infinita,
pude amar al
primero que acertara a llegar.
Nadie llega. Están solos
los floridos senderos.
La caricia perdida, rodará...
rodará...
Si en los ojos te besan esta noche, viajero,
si
estremece las ramas un dulce suspirar,
si te oprime los
dedos una mano pequeña
que te toma y te deja, que te
logra y se va.
Si no ves esa mano, ni esa boca que besa,
si es el aire
quien teje la ilusión de besar,
oh, viajero, que tienes
como el cielo los ojos,
en el viento fundida, ¿me
reconocerás?
Alfonsina Storni
Cuando tiempo y distancia
engañan los recuerdos,
¿Quién
lo ignora?, es amargo
volver. Porque interpuesto
Algo
está entre los ojos
la imagen primera,
mudando
duramente
amor en extrañeza.
Es acaso un
espacio
vacío, una luz ida,
ajada en toda cosa
ya la
hermosura viva.
Mas volver debe el alma
tal pájaro
en otoño,
y aquel dolor pasado
visitar, y aquel
gozo.
Nube de una mañana
áurea, rama de
púrpura
junto a una tapia, sombra
azul bajo la
luna.
Posibles paraísos
o infiernos ya no
entiende
el alma sino en tierra.
Por eso el alma
quiere,
Cansada de los sueños
y los delirios
tristes,
volver a la morada
suya antigua. Y unirse,
Como
se une la piedra
al fondo de su agua,
fatal,
oscuramente,
con una tierra amada.
Luis Cernuda
La plaza sola (gris el
aire,
negros los árboles, la tierra
manchada
por la nieve),
parecía, no realidad, mas copia
triste
sin realidad. Entonces,
ante el umbral, dijiste:
viviendo
aquí serías
fantasma de ti mismo.
Inhóspita en su
adorno
parsimonioso, porcelanas, bronces,
muebles
chinos, la casa
oscura toda era,
pálidas sus
ventanas sobre el río,
y el color se escondía
en
un retablo español, en un lienzo
francés, su brío
amedrentado.
Entre aquellos
despojos,
proyecto, el dueño estaba
sentado
junto a su retrato
por artista a la moda en años
idos,
imagen fatua y fácil
del dilettante,
divertido entonces
comprando lo que una fe creara
en
otro tiempo y otra tierra.
Allí con sus
iguales,
damas imperativas bajo sus afeites,
caballeros
seguros de sí mismos,
rito social cumplía,
y
entre el diálogo moroso,
tú oyendo alguien me dijo: “Me
ofrecieron
la primera edición de un poeta raro,
y
la he comprado”, tu emoción callaste.
Así, pensabas, el
poeta
vive para esto, para esto
noches y días
amargos, sin ayuda
de nadie, en la contienda
adonde,
como el fénix, muere y nace,
para que años después,
siglos
después, obtenga al fin el displicente
favor
de un grande en este mundo.
Su vida ya puede
excusarse,
porque ha muerto del todo;
su
trabajo ahora cuenta,
domesticado para el mundo de
ellos,
como otro objeto vano,
otro ornamento
inútil;
y tú cobarde, mudo
te despediste ahí,
como el que asiente,
más allá de la muerte, a la
injusticia.
Mejor la destrucción, el
fuego.
Luis Cernuda
Palabras que estás diciendo
—“cariño... siempre...seguro... ” —
con voz lenta en gesto quieto.
Ventanas dobles, vidrieras
cerradas, encortinadas,
guillotinan tentaciones.
(Horizontes, aires, rumbos).
El cielo es el techo, todo
del color que tú quisiste,
sin constelación ni guía.
Entreabierta alcoba—tuya,
mía—, renuncias desposa.
Pero más allá de todo
¡qué claro se te ve el sino!
Ni ese zapato de cuento,
de cristal, frágil, altísimo,
ni ese pelo ¡qué domado
plano, doméstico, liso!
me engañan. Ya se estremecen
las tierras que estrenarás,
el horizonte que rompas,
el cielo por donde subas.
Talón al aire te veo,
aquí tan quieta conmigo,
cabellera suelta al viento
—¡manzanas que te echaría!—
y luego
el mito, ascensor antiguo,
que te sube, allá, a la fábula.
Pedro Salinas