viernes, 4 de noviembre de 2016

LUZ Y AMOR. ARIBA

 
Las lágrimas y besos;
son burbujas
que ascienden desde el alma.


Es mi cariño
menos pesado que la sangre,
más leve que el espíritu,
el que se desvanece sin palabras.


Es lluvia efervescente
para regar los cielos,
hasta el aire más alto,
hasta lo azul del día.


Mi beso allá se abre,
arriba, con tus ojos.


Pero me llega el barro a la cintura
y siento los metales de las minas
en las hondas raíces de mi nombre.


El amor me engrandece,
hace pequeño el mundo,
hace que te conozca,
me hace saber quien soy.




Manuel Altolaguirre

jueves, 3 de noviembre de 2016

LA CAZA


Casi sin esperarla aunque siempre temida
me alcanzó la noche. 


Cuando más admirado estaba
de inesperadas luces, de renacidos soles
dando otra cara al cielo
me alcanzó la noche. 


Por las tapias de mi jardín atravesando,
por el serrín de mi belén quemando,
por los universos de mi rincón abortando,
me alcanzó la noche. 


Recogiendo los restos, en cristales
rotos, del horizonte, comprendí
que a ese largo pasillo sin principio ni meta
que llamamos destino
le alcanzó la noche. 


Mas no quise dejar de amar aún conociendo
que me alcanzó la noche.




Jesus Aparicio Gonzalez

miércoles, 2 de noviembre de 2016

EN UNA DESPEDIDA

 
Tardan las cartas y son poco
para decir lo que uno quiere. 


Después pasan los años, y la vida
(demasiado confusa para explicar por carta)
nos hará más perdidos. 


Los unos en los otros, iguales a las sombras
al fondo un pasillo desvayéndonos,
viviremos de luz involuntaria
pero sólo un instante, porque ya el recuerdo
será como un puñado de conchas recogidas,
tan hermoso en sí mismo que no devuelve nunca
las palmeras felices y el mar trémulo. 


Todo fue hace minutos: dos amigos
hemos visto tu rostro terriblemente serio
queriendo sonreír.
                            Has desaparecido. 


Y estamos los dos solos y en silencio,
en medio de este día de domingo,
bellísimo de mayo, con matrimonios jóvenes
y niños excitados que gritaban
al levantarse tu avión. 


Ahora las montañas parecen más cercanas. 


Y, por primera vez,
pensamos en nosotros. 


A solas con tu imagen,
cada cual se conoce por este sentimiento
de cansancio, que es dulce —como un brillo de lágrimas
que empaña la memoria de estos días,
esta extraña semana. 


Y el mal que nos hacemos,
como el que a ti te hicimos, lo inevitablemente
amargo de esta vida en la que siempre, siempre,
somos peores que nosotros mismos,
acaso resucite un viejo sueño
sabido y olvidado. 


El sueño de ser buenos y felices.

Porque sueño y recuerdo tienen fuerza
para obligar la vida,
aunque sean no más que un límite imposible. 


Si este mar de proyectos
y tentativas naufragadas,
este torpe tapiz a cada instante
tejido y destejido,
esta guerra perdida,
nuestra vida,
da de sí alguna vez un sentimiento digno,
un acto verdadero,
en él tu estarás para siempre asociado
a mi amigo y a mí. No te habremos perdido.



Jaime Gil de Biedma

martes, 1 de noviembre de 2016

EL REZAGADO

 
Te vimos, por última vez, ante el puente que unía tu reino
con este otro reino que sólo verán nuestros ojos.


Es duro perderte, saber que ni soles, ni siglos, ni vientos,
saber que ni mares ni noches podrán devolvernos tu rostro.


Te vimos llorar. Te sentaste a la sombra de un árbol.


Tus dientes mordían un tallo de verde y de oro.


Después nunca más te encontramos. Nos queda de ti, el
         rezagado,
la imagen de un hombre llevando en su frente la luz del
         crepúsculo rojo.


Nos duele saber que eres débil, que no te atreviste a arrojar al olvido,
a manchar, al rozarte el dolor, tu sereno tesoro.


Desde aquí pensaremos en ti, en tu alegría.


(Eras tú el más perfecto de todos;
pero yo ya conozco qué largas cadenas,
qué profundas raíces, qué fuertes cerrojos,
qué torres, qué ríos detienen tu paso,
qué música de olas, qué frutos redondos.


Yo sé bien lo que cuesta perder la alegría
y volver a ganarla después del dolor, en un mundo remoto).


Es duro perderte. Quisiera guardar para siempre tu imagen,
la imagen que está en mi recuerdo poblando de sueños su
         fondo.


Pero ya te han llenado las manos de estrellas azules,
el pecho de yedra, la frente de mares brumosos.


Tan lejos te vemos y extraño, tan de otro planeta,
que casi olvidamos que un día viviste feliz con nosotros.



Jose Hierro