sábado, 31 de agosto de 2013

¡DIME QUE DICES, MAR!


¡Dime qué dices, mar, qué dices, dime!
Pero no me lo digas; tus cantares
son, con el coro de tus varios mares,
una voz sola que cantando gime.

Ese mero gemido nos redime
de la letra fatal, y sus pesares,
bajo el oleaje de nuestros azares,
el secreto secreto nos oprime.

La sinrazón de nuestra suerte abona,
calla la culpa y danos el castigo;
la vida al que nació no le perdona;

de esta enorme injusticia sé testigo,
que así mi canto con tu canto entona,
y no me digas lo que no te digo.



Miguel de Unamuno

viernes, 30 de agosto de 2013

TERCER MUNDO


Aquel hombre sostenido
por su rostro de ciego completo
sufridamente iluminándose
en la carnal oscuridad:
¿le adjudicamos estos versos
un cuenco de arroz
unas monedas pálidas?

Aquella sirvienta
o costurera de a sesenta centavos
o hembra leprosa pariendo
o negra nada más
o puta de a una piastra
picándose las várices:
¿le ofrecemos otros versos
agua fresca en las manos
preservativos píldoras proyectos?

Aquel humano viejo
de s?mismo
mendigándose durmiéndose
en su esqueleto de piel
sin cobijas y sin sábanas:
¿le donamos más de nuestros versos
una hamaca receptiva
una almohada de pan?

Aquella niña aquel niño
destetados descomidos
despiojados desbebidos
despalabrados descosidos
vomitadores de ácidos espesos
lloradores de lágrimas lodosas
cagadores de sangroso vacío:
¿les entregamos un verso como as?
unos simples lápices
una vacuna enfebrecida
un balón de colores cansadosos
una muñeca de calzones azules
un documento con la cifra
de sus cuerpos faltantes?

Aquel oscurantándose
aquella deshembrándose
aquel esqueleteándose
aquéllos éstos muy adentro
del semen de aqu?
medulares selváticos impuros
costeros desérticos rurales
enciudadados desniñándose:
¿les damos a todos
estos versos todos?
¿qu?carnes nuestras
les damos
qu?actos qu?palabras
para que venga a nos
el aire
de un cántico otro
de un distinto silencio?



Saul Ibargoyen

AULA DE QUIMICA


Si vuelvo la cabeza,
si abro os ojos, si
echo las manos al recuerdo,
hay una mesa de madera oscura,
y encima de la mesa, los papeles inmóviles del tiempo,
y detrás,
un hombre bueno y alto.

Tuvo el cabello blanco, muy hecho al yeso, tuvo
su corazón volcado en la pizarra,
cuando explicaba casi sin mirarnos,
de buena fe, con buenos ojos siempre,
la fórmula del agua.

Entonces, sí. Por las paredes,
como un hombre invisible, entraba la alegría,
nos echaba los brazos por los hombros,
soplaba en el cuaderno, duplicaba
las malas notas, nos traía en la mano
mil pájaros de agua, y de luz, y de gozo…

Y todo era sencillo.

El mercurio subía caliente hasta el fin,
estallaba de asombro el cristal de los tubos de ensayo,
se alzaban surtidores, taladraban el techo,
era el amanecer del amor puro,
irrumpían guitarras dichosamente vivas,
olvidábamos la hora de salida, veíamos
los inundados ojos azules de las mozas
saltando distraídos por en medio del agua.

Y os juro que la vida se hallaba con nosotros.

Pero, ¿cómo decir a los más sabios,
a los cuatro primeros de la clase,
que ya no era preciso saber nada,
que la sal era sal y la rosa era rosa,
por más que ellos les dieran nombres impuros?
¿Cómo decir: moveos,
que ya habrá tiempo de aprender,
decid conmigo: Vida, tocad
el agua, abrid los brazos
como para abrazar una cintura blanca,
romped los libros muertos?

Os juro que la vida se hallaba con nosotros.

Profesor, hasta el tiempo del agua químicamente pura
te espero.
De nuevo allí verás, veremos juntos
un porvenir abierto de muchachas
con los pechos de agua y de luz y de gozo…


Carlos Sahagun

jueves, 29 de agosto de 2013

VAMOS A GUARDAR ESTE DÍA...


Vamos a guardar este día
entre las horas, para siempre,
el cuarto a oscuras,
Debussy y la lluvia,
tú a mi lado, descansando de amar. 

Tu cabellera en que el humo de mi cigarrillo
flotaba densamente, imantado, como una mano
acariciando. 

Tu espalda como una llanura en el silencio
y el declive inmóvil de tu costado
en que trataban de levantarse,
como de un sueño, mis besos.

La atmósfera pesada
de encierro, de amor, de fatiga,
con tu corazón de virgen odiándome y odiándote. 

todo ese malestar del sexo ahíto,
esa convalecencia en que nos buscaban los ojos
a través de la sombra para reconciliarnos. 

Tu gesto de mujer de piedra,
última máscara en que a pesar de ti te refugiabas,
domesticabas tu soledad. 

Los dos, nuevos en el alma, preguntando por qué. 

Y más tarde tu mano apretando la mía,
cayéndose tu cabeza blandamente en mi pecho,
y mis dedos diciéndole no sé qué cosas a tu cuello. 

Vamos a guardar este día
entre las horas para siempre.



Jaime Sabines