martes, 10 de junio de 2014

DICEN QUE FINJO O MIENTO



Dicen que finjo o miento
Todo lo que escribo. No.

Yo simplemente siento
Con la imaginación.

No uso el corazón.
Todo lo que sueño o vivo,
Lo que me falla o acaba,
Es como una terraza;
Aún sobre otra cosa
Esa cosa es la que es bella.

Por eso escribo en medio.
De lo que no está al pie,
Libre de mi ensueño,
Serio de lo que no es.
¿Sentir? ¡Que sienta quien lee!




Fernando Pessoa



lunes, 9 de junio de 2014

A UNA LETRA



Cuando escribes, tu letra se parece a tu calma
al colgar la ternura de la mórbida erre
y al achicar los nombres hasta el mismo tamaño
de la voz de retoño con que pides, preguntas.


Es tu letra un riachuelo, peregrino de mares,
un manantial que brota sin pedirte permiso
de un oculto venero con verdades antiguas.


Son amigas del orden tus graves consonantes
y la vocal te nace con olor a violeta.


Se desparrama un mundo en tus eses finales
y todo se hace limpio cuando escribes un punto.


Déjame que acurruque mi dolor en tu letra
y que subido al cuenco de la uve graciosa
escudriñe el misterio de esas olas marinas
con que las emes caen rendidas en la arena.


¡Qué mimado misterio ocultan tus palabras,
esas flores azules de tu tinta secreta!


Pedro Miguel Lamet

domingo, 8 de junio de 2014

AUTUMNAL












En las pálidas tardes
yerran nubes tranquilas
en el azul; en las ardientes manos
se posan las cabezas pensativas.

¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños!
¡Ah las tristezas íntimas!
¡Ah el polvo de oro que en el aire flota,
tras cuyas ondas trémulas se miran
los ojos tiernos y húmedos,
las bocas inundadas de sonrisas,
las crespas cabelleras
y los dedos de rosa que acarician!


En las pálidas tardes
me cuenta un hada amiga
las historias secretas
llenas de poesía;
lo que cantan los pájaros,
lo que llevan las brisas,
lo que vaga en las nieblas,
lo que sueñan las niñas.


Una vez sentí el ansia
de una sed infinita.

Dije al hada amorosa:
?Quiero en el alma mía
tener la aspiración honda, profunda,
inmensa: luz, calor, aroma, vida.

Ella me dijo: ?¡Ven!? con el acento
con que hablaría un arpa. En él había
un divino aroma de esperanza.

¡Oh sed del ideal!
Sobre la cima
de un monte, a medianoche,
me mostró las estrellas encendidas.

Era un jardín de oro
con pétalos de llama que titilan.
Exclamé: ?Más...

La aurora
vino después. La aurora sonreía,
con la luz en la frente,
como la joven tímida
que abre la reja, y la sorprenden luego
ciertas curiosas, mágicas pupilas.

Y dije: ?Más...? Sonriendo
la celeste hada amiga
prorrumpió: ?¡Y bien! ¡Las flores!

Y las flores
estaban frescas, lindas,
empapadas de olor: la rosa virgen,
la blanca margarita,
la azucena gentil y las volúbiles
que cuelgan de la rama estremecida.

Y dije: ?Más...
El viento
arrastraba rumores, ecos, risas,
murmullos misteriosos, aleteos,
músicas nunca oídas.


El hada entonces me llevó hasta el velo
que nos cubre las ansias infinitas,
la inspiración profunda
y el alma de las liras.

Y los rasgó. Allí todo 
era aurora.

En el fondo se vía
un bello rostro de mujer.

¡Oh; nunca,
Piérides, diréis las sacras dichas
que en el alma sintiera!

Con su vaga sonrisa:
?¿Más?... ?dijo el hada.

Y yo tenía entonces
clavadas las pupilas
en el azul; y en mis ardientes manos
se posó mi cabeza pensativa...

Ruben Dario

sábado, 7 de junio de 2014

PAOLO Y FRANCESCA


 
Esta noche, Francesca,
tus ojos son dos pájaros y van
en vuelo delicado
hacia un silencio verde de hondas ramas
sin nadie.

Vuelo quieto del ibis impasible,
del ibis mayestático sobre un Nilo ya apócrifo.

Ojos en los que siempre siempre está
soñando cosas raras
una esmeralda líquida en peligro.


Esta noche, Francesca, nuestra noche
última (fiel veneno
en el tímpano joven de un príncipe durmiente)
se derrama despacio, gota a gota,
en tus manos desnudas.


Manos que entre las mías eran (son)
dos palomas torcaces en su nido.


Nido de piedra verde y crepúsculos rojos
como espadas después de la batalla.


O labios entreabiertos
Palpitantes
Labios
que, como el mar, gimen de bruces
en las tibias arenas de tu cuerpo.
¡Ah, Francesca!: tus labios, de tan fríos,
pronuncian los oráculos
de esa muerte incesante que nos une.


Tácita Celestina, muda virgen que cela
nuestro amor
en las complicidades de la sombra.


¿Qué es el amor, Francesca?
¿Qué diantre es el amor?


Unos ojos que el tiempo ha dibujado
en el cristal preciso de otros ojos.


La tarde que no fue lazo ni cárcel.
Esta muerte incesante que nos une.
Que nos une, Francesca.


Vaga rosa imprevista reposando
sus pétalos valientes
en las húmedas fauces del invierno.


Una muerte dantesca, sí: la sola
que merece la pena de vivirse.


Victor Botas