domingo, 18 de octubre de 2026

 DONES

Heberto Padilla

No te fue ddo el tiempo del amor

ni el tiempo de la calma. No pudiste leer

el claro libro de que te hablaron tus abuelos.

Un viento de furia te meció desde niño,

un aire de primavera destrozada.

¿Qué viste cuando tus ojos buscaron el pabellón

despejado? ¿Quiénes te recibieron

cuando esperabas alegría?

¿Qué mano tempestuosa te asió cuando extendiste

el cuerpo hacia la vida?


No te fue dado el tiempo de la gracia.

No se abrieron para ti blancos papeles por llenar.

No te acogieron; fuiste un niño confuso.

Golpeaste y protestaste en vano.

Saliste en vano a la calle.

Te pusieron un cuello negro y una gorra de luto,

y un juego torpe, indescifrable.


No te fue dado el tiempo abierto

como un arco hacia la edad de la esperanza.

Donde naciste te sacudieron e hicieron mofa

de tus ojos miopes; y no pudiste ser

testigo en el umbral o el huésped,

o simplemente el loco.

En tu patria sobre su roca,

con tanto sol y aire caliente, silbaste

largamente hasta herir o soñar; silbaste

contra la lejanía, contra el azar,

contra la fastidiosa esperanza,

contra la noche deslavazada, tonto.


Y sin embargo, tenías cosas que decir:

sueños, anhelos, viajes, resoluciones angustiosas;

una voz que no torcieron

tu demasiado amor ni ciertas cóleras.


No te fue dado el tiempo de aquel pájaro

que destruye su forma y reaparece,

sino la boca con usura, la mano leguleya,

la transacción penosa entre los presidarios,

las cenizas derramadas sobre los crematorios

aún alentando, aún alentando.


No te fue dado el tiempo del halcón,

(el arco, la piedra lisa y útil); tiempo

de los oficios, tiempo versado en fuegos

sobre la huella de los hombres,

sino el año harapiento, libidinoso

en que se queman tus labios con amor. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario