miércoles, 10 de diciembre de 2025

 



A LA SOCIEDAD FILOIÁTRICA EN SU INSTALACIÓN

Manuel Acuña

                                   Sombras gigantes de Scipión y Ciro,

De César y Alejandro,

Nos os alcéis de la tumba a mis acentos;

Que si es verdad que vuestra gloria admiro,

Me espanta vuestra gloria resonando

Entre ayes de dolor y entre lamentos.

 

Yo no canto a vosotros, cuyos lauros

En la sangre crecidos

Respiran con el aire de la muerte;

Yo no canto a vosotros los temidos,

Los que formáis las leyes con la espada

Sin tener más derecho que el del fuerte.

Vuestros nombres sublimes

No hacen arder la sangre de mis venas;

Yo canto a Atenas enseñando a Roma,

No canto a Roma conquistando a Atenas.

Como el águila audaz que surca el viento

En pos de espacio que bastante sea

Para dar a sus alas movimiento,

Lo mismo mi alma, cuando hallar desea

La luz de la poesía,

No busca sus raudales en la noche,

Sino en la aurora al despuntar el día;

Y al encontrar la llama indeficiente

De la verdad sagrada,

Mi pecho entonces se electriza y siente,

Y de mi lira tosca y olvidada,

Brotan cantares que sonar quisieran

Desde el nuevo hasta el viejo continente.

 

Era la sombra: entre su negro manto

Vegetaban los hombres,

Nutriéndose con penas y con llanto,

Sin otra ciencia que sufrir humildes

Del infortunio las amargas leyes,

Y sin otros señores que verdugos

Con el pomposo título de reyes.

Esqueletos del cuerpo

Y esqueletos del alma.

Los seres como Dios, no eran entonces

El Adán pensador del primer día,

Sino siervos que ató, con mano airada,

A su carro triunfal la tiranía.

Momias vivientes, que al dejar el mundo

Para volver al hueco del osario,

Llegaban á sus hijos en recuerdo

La cicuta del Sócrates profundo

Y la sangre del Cristo del Calvario.

Y así pasaron siglos y más siglos,

Que de su inmensa huella en la distancia

Sólo dejaban sombras y vestigios,

Vagando entre las nieblas

De la noche sin fin de la ignorancia.

Mas de pronto la luz del pensamiento

Iluminó vivífica y radiante

De la santa Razón el firmamento,

Y Dios apareció, bello y gigante,

Haciendo despeñarse en el abismo

Al soplo de sus labios soberanos

El sangriento puñal de los tiranos

Y la máscara vil del fanatismo.

Entonces fue cuando la Europa vía,

Trémula y espantada,

La mansión ignorada

Que la voz de Colón le predecía,

Y a Franklin elevándose al espacio

De su genio atrevido tras la huella,

Para robar a la rojiza nube

El fuego aterrador de la centella.

Entonces fue cuando se alzó la ciencia,

Disipando las sombras

Que huyeron en tropel a su presencia;

Y entonces cuando México miraba

En la mansión maldita

Del crimen y del miedo,

En vez de la cadena y del levita

La figura grandiosa de Escobedo.

Y no tembléis al recordar la historia

Del lugar maldecido,

Donde el buitre feroz de la ignorancia

Ocultó sus polluelos y su nido;

No tembléis a la tétrica memoria

Del calabozo inmundo

Repitiendo los últimos lamentos

Del mártir moribundo;

Ya está lavada de su impura mancha

La guarida del crimen,

Que hasta la infamia misma desparece

Donde las huellas del saber se imprimen.

En vez de los verdugos,

Y del hirviente plomo y el veneno,

La Medicina que consuela y sana,

Y los hijos de Herófilo y Galeno.

 

Sublime redención, misión sublime

La del que sufre al consolar las penas,

La del que llora y gime

Al enjugar las lágrimas ajenas;

Misión de caridad y bienandanza,

Empezada por Cristo en el Calvario,

Que redime y que canta en su santuario

Los himnos del amor y la esperanza.

Seguidla, pues, vosotros, que impasibles

Desafiáis a la muerte y los pesares;

Y si queréis que el mundo agradecido

Conserve vuestro nombre en la memoria,

Y que os levante altares,

Seguid vuestro sendero bendecido,

Que al fin de ese sendero está la gloria;

Y continuad sin dirigir la vista

Al espinado y escabroso suelo,

Y si ansiáis la conquista

Del lauro inmarcesible de la fama,

Elevad vuestros ojos hasta el cielo

Donde está quien os mira y quien os llama.

Y no penséis en la escarpada roca,

Ni en la espina punzante

Que atraviesa la planta que la toca;

No cejéis ni un instante

En vuestra noble y celestial carrera,

¡Adelante...! ¡Adelante...!

Aún está muy distante

La corona de rosas que os espera.

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