Biografia de Cernuda



La esencia de su poesía la constituye el conflicto entre realidad y deseo, ya que el deseo, en muy contadas ocasiones, logra el “acorde” con la realidad, que se muestra esquiva. En Cernuda sólo se produce con el Amor, en el Arte o en la Naturaleza.

Aunque no me faltaran buenos momentos, no tuve fácil vivir.
Tuve demasiadas horas de mala suerte y mi carácter (ese carácter que terminó forjando mi famosa leyenda, que rechazo públicamente y acaso terminó queriendo, en secreto) me hizo caer mal o alejarme de mucha gente que, en alguna manera, me  quería.
Demasiado intrigante para muchos, nada acomodaticio ni chaquetero, enormemente digno en mis dificultades (que no fueron pocas) resistí siempre, sin perder la compostura. Aquel atildamiento tan mio. Lo dije al final de mi autobiografía intelectual, Historial de un libro (1958), con palabras tomadas de “alguien infinitamente sabio”: “Carácter es destino”.

Estudiante
Luis Cernuda Bidón (no me gustaba ese segundo apellido de origen francés) nací en Sevilla el 21 de septiembre de 1902. Mi padre era militar, comandante de Ingenieros. Y tenía ya dos hermanas, Amparo y Ana. Mi familia (burguesa, sobria) es la misma que quedaría cruda y claramente retratada en el poema “La familia” de Como quien espera el alba (1944). El poema que leí, en Londres, a Leopoldo Panero, para horror e irritación de este... A mi no me gustaban las familias patriarcales (todo lo que ese orden ha supuesto) y la suya no podía ser una excepción.

Viví en Sevilla (estudiante de Bachillerato y Derecho luego) hasta el fin del verano de 1928. Mi padre había muerto años atrás y ese mismo año murió mi madre. Casadas mis hermanas, vendo la casa familiar y me marcho a Madrid, pasando por Málaga -mis fotos, joven, en la playa- donde visite amigos y tuve un amor fugaz, Gerardo Carmona. Por entonces, ya había publicado mi primer libro, Perfil del aire, en 1927. Es un libro impecable, con alguna influencia de Jorge Guillén y quizás aún sin voz nítida. Las críticas poco entusiastas -lo se- no las perdone jamás.

Los amigos poetas
En Madrid me hice amigo de Lorca y de Aleixandre, homosexuales como yo, aunque cada cual termináramos viviendo el tema de muy diferente modo. En 1929 (ayudado por Pedro Salinas, antiguo profesor mio en Sevilla) me voy a Toulouse como lector de español. Quizá intuyó entonces que ser profesor, para lo que no tenía una explícita vocación, iba a ser en adelante (y sobre todo tras la Guerra Civil) mi modo de vida. La proclamación de la República, en 1931, estoy en Madrid –soy un dandy y muy aficionado al cine- en plenitud de ánimo rebelde, lo que será mi permanente sentir ante la vida y la sociedad: Rebelde como quería el surrealismo (que bebió con placer unos años) y como yo quería por mi condición homosexual, hecha pública en esos días favorables, y muy pioneramente en España, como predicara André Gide. Sin la rebeldía de Gide no podría entenderse mi rebelión.  
El título clave de ese tiempo: Los placeres prohibidos, libro terminado en 1931. Poco después -y a través de Lorca- conozco a Serafín Ferro, un chico gallego que será el primer gran y desdichado amor de mi vida. El que ama no es amado. O no igualmente amado. La amarga reacción a ese fracaso: Donde habite el olvido (1934).

El entorno de la Guerra Civil y la propia contienda despertaron en mí la conciencia política. Fui comunista fugazmente -ayudado por Alberti- pero siempre fui lo que llamaríamos un sinpartido  de izquierdas. Quería un mundo diferente y una moral distinta. Por eso estuve siempre contra el orden burgués y contra las religiones del pecado. Octavio Paz lo vio muy bien: el muy moralista y anticatólico Cernuda, el menos cristiano de nuestros poetas.

Con el gobierno de la República
En 1937 estoy en Valencia, con el gobierno de la República (a la que siempre permanecí  fiel) y en 1938 marche a Inglaterra a dar unas conferencias, invitado por su amigo Stanley Richardson. No volveré más a España. Fui (el clásico del 27 que más tardó en triunfar) hice del exilio una actitud, un modo de enfrentarme a la vida. En abril de 1936 -poco pude pues circular la edición- apareció La Realidad y el Deseo, título que en adelante recogería mi obra poética, cada vez más autobiográfica, más rica, más depurada. En 1939 soy lector de español en Glasgow. A partir de 1941, paso las vacaciones en Oxford. La poesía inglesa, la actitud moral de Inglaterra fueron tan fundamentales para mí como en mi juventud lo fuera la literatura francesa simbolista y surrealista.

En 1947 -con mejores condiciones económicas- abandono Gran Bretaña rumbo a Estados Unidos. Allí (de nuevo ayudado por Pedro Salinas) soy profesor primero en Mount Holyoke, en la costa Este; y más tarde -tras mi paso y descubrimiento de México, en 1950- en California. Pero en México (donde llego Salvador, mi segundo y último amor grande, el de Poemas para un cuerpo) hallaría lo mejor de mis últimos tiempos. Quizá una Nueva España. Allí, fui becado por el célebre Colegio de México, para escribir lo que serían mis Estudios sobre poesía española contemporánea, terminándolos en 1955 y uno de mis mejores y más polémicos ensayos de poeta, que quizá no se me ha valorado suficientemente esta faceta ensayística. En ese mismo año me llegará desde España el número homenaje de la cordobesa revista Cántico, en su segunda época. Aunque ese homenaje menos contundente que el que, en 1962, me dedicará la valenciana La Caña Gris, el homenaje de Cántico fue el primero, y sólo con él comencé a verme (tan pesimista a este respecto en mis cartas) el eco que mi poesía -aunque aún sin reeditar, difícil sino imposible encontrarla- empezaba a tener entre la parte más atenta de la juventud literaria española.

Retorno inevitable a México
Si bien entre 1960 y 1961, volví a las clases en Los Ángeles y luego en San Francisco, retorne inevitablemente a México. Un lugar más importante para mi, de lo que puede adivinarse en el amor de Salvador (un joven culturista) y en los bellos poemas en prosa de Variaciones sobre tema mexicano, publicados en volumen en 1952. Pero nada, como fuere, me hará dejar de ser el hombre amargo, lúcido, elegante y disidente -siempre disidente, a la contra siempre- que mostrará mi magnífico último libro, Desolación de la Quimera (1962). Preterido o casi en España, muchos entre los jóvenes poetas lo estaban empezando a verme como el maestro que precisamente libera de los maestros. Yo, como mi Góngora, “no transigí en la vida y a salvo puse mi alma irreductible/ como demonio arisco que ríe entre negruras”.

Grandísimo poeta, reconocido muy tarde, y hombre con su propia conciencia libre y su propia altivez sin claudicaciones, muy cansado, Luis Cernuda murió en México, en casa de Concha Méndez, de un súbito ataque al corazón, el 5 de noviembre de 1963. Allá está enterrado en el Panteón Jardín. Cerca o lejos, le quisieron sólo quienes tenían que quererle.


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